María Ruiz debuta en la dirección con ‘Ni contigo ni sin mí’: una comedia de enredo playera que bebe del vodevil francés
El verano siempre ha sido territorio fértil para la comedia ligera, pero pocas veces una ópera prima consigue rescatar con tanta gracia y conocimiento de causa los engranajes del vodevil clásico. ‘Ni contigo ni sin mí’, el debut en la dirección de la actriz María Ruiz, aterriza en las salas como ese tinto de verano que promete su título: refrescante, con su punto justo de acidez y una burbuja de melancolía que lo aleja de cualquier imitación hueca.
Ruiz, a la que muchos recordarán con reverencia por su trabajo en ‘El camino de los ingleses’ (2006), demuestra que sabe mirar al pasado sin caer en el pastiche. Su película no es una adaptación ni un remake al uso, sino un guion original que bebe directamente de la tradición del vodevil francés —ese teatro de equívocos, puertas que se abren y cierran a destiempo, y amores que se esconden dentro de armarios— para trasladarlo a una casa de playa donde las hormonas y el despecho se mezclan con la brisa marina.
Un enredo playero con regusto agridulce
La historia es tan sencilla como reconocible: Ernesto (Gorka Otxoa) acaba de ser plantado por su pareja justo el día de su cumpleaños. Con el ánimo por los suelos, decide refugiarse en su casa de la costa junto a su mejor amigo (Adrián Lastra), pero la jugada le sale mal cuando descubre que la nueva novia de su vecino (Iván Sánchez) es, precisamente, su ex. A partir de ese malentendido inicial, la película despliega una maquinaria de enredos a ritmo de reloj suizo, con diálogos que funcionan como flechas envenenadas y un reparto que conoce a la perfección las reglas del juego.
Lo que hace especial a ‘Ni contigo ni sin mí’ no es su premisa —casi tan vieja como el cine sonoro—, sino la manera en que la directora inyecta personalidad a un molde aparentemente rígido. La puesta en escena, modesta pero nunca estática, aprovecha los espacios abiertos y las terrazas con vistas al mar para oxigenar un género que suele pedir a gritos habitaciones cerradas. Además, la elección de un enclave exótico y veraniego remite tanto a las comedias del tardofranquismo como a divertimentos posteriores —desde ‘Demasiado caliente para ti’ (1996) hasta ‘Caribe, todo incluido’ (2020)—, pero aquí el escenario no es un mero decorado: se convierte en el cómplice perfecto para que los personajes saquen a relucir sus vergüenzas y sus contradicciones.
María Ruiz y la mirada femenina sobre la camaradería masculina
Uno de los aciertos más interesantes del film es la perspectiva que imprime su directora sobre la amistad entre hombres. En los primeros compases, la cámara de Ruiz se acerca de un modo casi documental a la relación entre Ernesto y su amigo, mostrando una vulnerabilidad compartida que resulta extrañamente tierna y nada impostada. Ese retrato de dos treintañeros ayudándose mutuamente a sobrellevar una ruptura sentimental evita el trazo grueso y propone una complicidad que se siente real, muy alejada del estereotipo del buddy movie al uso.
Hay en todo ese planteamiento una tristeza soterrada, un poso melancólico que engrasa la farsa sin que esta pierda nunca el pulso cómico. En ese sentido, la película entronca con otros vodeviles lacónicos y amargos del cine español reciente, como ‘Cuánto me queda’, donde el dolor y la risa se daban la mano sin estridencias.
Manuela Vellés, el huracán que lo cambia todo
Si el engranaje funciona es, en gran parte, gracias al torbellino interpretativo de Manuela Vellés. La actriz, a quien hasta ahora habíamos visto moverse con soltura en el melodrama —desde ‘Caótica Ana’ hasta sus trabajos con Ibon Cormenzana en ‘Culpa’ o ‘Cuatro paredes’—, demuestra que tiene una vis cómica arrolladora y un timing que ya quisieran muchas estrellas del género.
Su personaje, que se aproxima al arquetipo de la prostituta de corazón de oro, se convierte en el auténtico motor de la cinta: una fuerza libre, volcánica y lúcida frente al desconcierto masculino. Vellés no solo da la réplica con chispa, sino que se adueña de la pantalla cada vez que aparece, convirtiendo lo que podría haber sido un contrapunto funcional en el alma descarada de la función. Suyos son los momentos más disparatados y también los que dejan un poso más sincero, como cuando la banda sonora deja caer un bolero de Agustín Lara y la película respira.
Junto a ella, Otxoa y Lastra se manejan con la comodidad de quienes conocen bien estos terrenos. El primero, especialista en encarnar a tipos de buen corazón permanentemente abrumados, aporta una bonhomía que sirve de ancla emocional; el segundo, un punto más extrovertido, se mueve con gracia entre la réplica rápida y la mirada de apoyo. Iván Sánchez y Cristina Maisonnave, con papeles menos agradecidos, cumplen sin desentonar y aportan solidez al entramado.
Una comedia que sabe hasta dónde quiere llegar
Uno de los mayores peligros de este tipo de propuestas es caer en el anacronismo involuntario o en la parodia involuntaria de sí mismas. ‘Ni contigo ni sin mí’ esquiva ese escollo gracias a su plena conciencia de los mecanismos que maneja: no quiere ser una comedia romántica al uso, ni una deconstrucción moderna del amor, ni una sátira generacional. Tiene claro que es un vodevil de manual, y desde esa honestidad construye un artefacto de precisión matemática que sabe reírse de sí mismo.
El guion de María Ruiz, aunque respetuoso con los códigos clásicos, se permite algunas licencias que actualizan el conjunto sin traicionar su esencia. El retrato de esos dos amigos, que podrían ser tildados de heterobásicos hasta que la trama les obliga a desmontar sus propias certezas, funciona como un espejo amable pero incisivo de ciertas masculinidades en crisis.
El legado del vodevil, de París a la Costa del Sol
Conviene recordar que el vodevil no es un género fácil de trasladar a la pantalla sin que se resienta el ritmo. Sus mejores traslaciones —desde ‘Flor de cactus’ (1969) hasta ‘La gatita y el búho’ (1970)— supieron aprovechar la química de sus protagonistas para hacer olvidar el origen teatral. En ‘Ni contigo ni sin mí’, Otxoa y Lastra no tienen que cantar como Hope y Crosby para recordar a aquella efervescente pareja cómica: su compenetración es igualmente impagable, aunque filtrada por la mirada castiza y contemporánea de su directora.
La película cierra con un plano que remite a la ‘road movie’ del arranque y un final agridulce que no engaña a nadie: el vodevil, cuando está bien entendido, sabe que la mejor carcajada nace casi siempre de una herida. Quizá el mayor mérito de María Ruiz sea haberse atrevido a contarlo sin una gota de sangre, confiando en que el dolor —y su correspondiente ridículo— es el mejor combustible para la farsa.

Periodista especializado en televisión y entretenimiento digital, con experiencia en la cobertura de actualidad audiovisual, análisis de contenidos y seguimiento del sector cultural. Graduado en Periodismo y Economía por la Universidad Complutense de Madrid.
Ha trabajado como periodista en distintas secciones de algunos de los principales medios de comunicación de España, lo que le ha permitido desarrollar una visión amplia del panorama mediático y consolidar su interés por la información cultural y el entretenimiento.
En ActualTV se encarga de la cobertura relacionada con televisión, plataformas digitales y tendencias del entretenimiento audiovisual.
