James Cagney enseñó a Richard Harris el único consejo de actuación que aplicó toda su vida: “Camina en línea recta, chico”

Hay encuentros que marcan una carrera antes incluso de que el actor sepa que tiene una. En 1959, un irlandés desconocido llamado Richard Harris aterrizó en el set de Luces de rebeldía (Shake Hands with the Devil) con los nervios lógicos de quien rueda una de sus primeras películas. Lo que no imaginaba es que allí, observando a la estrella del filme, recibiría una lección de interpretación que décadas después seguiría recordando como el único consejo sobre actuación que de verdad le sirvió. Esa estrella era James Cagney, y lo que Harris aprendió de él —tanto dentro como fuera del plató— se convirtió en una de esas historias que el cine guarda como oro en paño.

Cagney no era un intérprete cualquiera. En el Hollywood clásico, su nombre resonaba con la fuerza de los grandes: ganador del Oscar por Yanqui Dandy (1942), tres veces nominado y dueño de una presencia magnética que le convirtió en el rostro por excelencia del cine de gánsteres gracias a títulos como El enemigo público (1931), Ángeles con caras sucias (1938) o Los violentos años veinte (1939). Orson Welles llegó a definirlo como el actor más grande de todos los tiempos, un elogio que pesa aún más viniendo del director de Ciudadano Kane.

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Harris, por su parte, apenas empezaba. Luces de rebeldía, dirigida por Michael Anderson y ambientada en la guerra de independencia irlandesa, era su segundo crédito cinematográfico, con Cagney como cabeza de cartel y él relegado al puesto número diecisiete del reparto. Pero la curiosidad del irlandés pudo más que el protocolo. Según relató más tarde, el primer día de rodaje no estaba convocado, pero insistió en acudir igualmente para ver trabajar a Cagney. No se arrepintió.

El método Cagney: cuando los errores construyen la escena perfecta

En diciembre de 1971, Harris acudió como invitado al Dick Cavett Show y compartió una anécdota que resume a la perfección la peculiar técnica de trabajo de Cagney. El actor neoyorquino, pese a su talento descomunal, tenía un punto débil: una memoria terrible para recordar sus líneas de diálogo. Donde otros habrían visto un problema insalvable, Cagney encontró un método.

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Harris lo explicó con su verborrea característica: si la escena exigía que Cagney entrara por una puerta y dijera algo como «Dick Cavett, ese es mi vaso de agua», en la primera toma probablemente soltaría «Ese no es un vago de agua… ¡No! ¿Qué?». Se detenía, salía y lo intentaba de nuevo. En la toma quince empezaba a encajar las piezas. En la toma veinte, juntaba la mejor parte de cada una de las versiones anteriores y conseguía un resultado, en palabras de Harris, «absolutamente magnífico».

Lejos de la imagen del actor que memoriza, ensaya y ejecuta con precisión quirúrgica, Cagney representaba el extremo opuesto: un intérprete que moldeaba su trabajo sobre la marcha, aprendiendo de sus propios tropiezos hasta dar con la versión definitiva. Para un joven Harris, que se había criado viendo sus películas en Irlanda, presenciar aquello en directo fue una revelación.

«Camina en línea recta, chico»: el consejo en el hotel Shelbourne

Pero Cagney no se limitó a dar lecciones involuntarias desde el set. Harris guardó toda su vida otro recuerdo, este más íntimo, que compartió en una entrevista con el crítico Roger Ebert. Un día, durante el rodaje en Dublín, Cagney le convocó a su suite del Hotel Shelbourne para tomar unas copas. Lo que empezó como un gesto de camaradería entre colegas terminó con un consejo que Harris atesoraría como el mejor que recibió jamás.

Según relató Harris a Roger Ebert, Cagney le dijo: «Chico, te irá bien. Lo conseguirás. Pero recuerda una cosa: cuando estés en una película y quieran que vayas de un sitio a otro, camina en línea recta. En línea recta. Así sabrán que eres la estrella. ¡Demasiados malditos actores ingleses van todo el rato haciendo curvas!».

La anécdota encierra una sabiduría actoral más profunda de lo que parece. Cagney le estaba enseñando a dominar el encuadre, a moverse con determinación dentro del plano y a proyectar una seguridad que la cámara capta al instante. No era un truco: era presencia escénica destilada en una frase. Harris, conocido por su carácter indómito y su afición a la juerga, tomó nota. Según admitió, fue el único consejo sobre interpretación que realmente aplicó durante toda su carrera.

Del alumno al icono: el legado de Harris

El irlandés supo rentabilizar aquella enseñanza. En las décadas siguientes construyó una filmografía que alternó el prestigio con el éxito popular: fue el Rey Arturo en Camelot (1967), protagonizó el wéstern crepuscular Un hombre llamado Caballo (1970), emocionó con El prado (1990) —por la que consiguió su segunda nominación al Oscar— y se ganó a una nueva generación de espectadores como el Albus Dumbledore original en Harry Potter y la piedra filosofal (2001) y Harry Potter y la cámara secreta (2002), papel que interpretó hasta su fallecimiento y cuyo legado recoge ahora la nueva serie de HBO con John Lithgow al frente del claustro de Hogwarts.

También dejó huella como el emperador Marco Aurelio en Gladiator (2000), uno de esos papeles secundarios que, en manos de un actor con el carisma de Harris, se comen la pantalla. En cada uno de esos personajes, consciente o inconscientemente, seguía caminando en línea recta.

La historia entre Cagney y Harris pertenece a una época en la que el oficio se transmitía de maestro a aprendiz, sin escuelas de método ni coaches de diálogo. Cagney, que solo rodó tres películas más después de Luces de rebeldía antes de retirarse voluntariamente del cine, se tomó la molestia de tender un puente generacional con aquel irlandés imberbe que no había sido llamado al set pero se presentó igualmente. El cine está lleno de estas herencias invisibles, de gestos que pasan de unos a otros sin manuales ni tratados. A veces basta con un consejo de barra de hotel y la generosidad de quien, sin saberlo, está escribiendo el primer capítulo de otra gran carrera.

Redactor especializado en televisión, redes sociales y comunicación digital, con experiencia en el ámbito del entretenimiento y la industria audiovisual.

Ha trabajado como responsable de prensa y comunicación en distintas empresas del sector del entretenimiento, lo que le ha permitido conocer de primera mano los procesos de difusión, promoción y gestión de contenidos audiovisuales.

En ActualTV cubre información relacionada con televisión, redes sociales y estrategias de comunicación digital aplicadas al sector audiovisual.

José Luis Labreda

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