El truco del falso Daeron abre otro agujero de guion en ‘La casa del dragón’
El tercer episodio de la temporada 3 de La casa del dragón ha dejado a los seguidores con una mezcla de sorpresa y frustración. Lo que parecía una victoria diplomática para el bando de los Negros —Daemon Targaryen logrando la rendición de Lord Ormund Hightower y la entrega del joven Daeron como rehén— se reveló al final del capítulo como un elaborado engaño. El Daeron capturado era un impostor con el pelo teñido, y el auténtico príncipe sigue bajo la protección de Ormund, que aprovechó la farsa para tomar Ladera. El giro, completamente inventado por los guionistas, no solo se aparta de Fuego y sangre, la obra de George R. R. Martin: introduce un agujero narrativo que los fans no han tardado en señalar.
El episodio, escrito por Sara Hess y dirigido por Clare Kilner, arranca con una escena de alto voltaje: Daemon Targaryen (Matt Smith) se planta ante las tropas Hightower flanqueado por tres dragones. La superioridad aérea es aplastante. Ormund Hightower (James Norton) claudica, hinca la rodilla y acepta entregar a Daeron, el hijo menor de Alicent y el difunto rey Viserys, jinete del dragón Tessarion y, por tanto, una amenaza dinástica y militar para Rhaenyra. La escena transmite una sensación de victoria absoluta para los Negros. Pero era todo teatro.
Un dragón que no reacciona y un Daemon que no sospecha
El problema no está en el engaño en sí —la serie de HBO Max ya ha demostrado en anteriores temporadas que no le tiembla el pulso a la hora de inventar tramas—, sino en la incoherencia interna que genera. Tessarion, el dragón de Daeron, está presente durante todo el parlamento. Cuando el falso príncipe es entregado y se marcha con Daemon, la bestia no muestra la más mínima reacción. Es un comportamiento lógico si asumimos que el chico no es su jinete. Pero ahí está la trampa: Daemon Targaryen es un jinete de dragones veterano, curtido en décadas de vínculo con Caraxes. Sabe perfectamente cómo reacciona un dragón cuando su jinete se ve amenazado o separado de él.
Que Tessarion permaneciera impasible debería haber encendido todas las alarmas en la mente del Príncipe Canalla. No lo hizo. La serie no ofrece explicación para esta omisión, más allá de la posibilidad de que Daemon estuviera cegado por la euforia de una rendición que creía genuina. Pero hablamos de uno de los personajes más calculadores y desconfiados de Poniente, no de un soldado novato.
Dejar un dragón en manos enemigas: otro error de cálculo
Hay un segundo problema que agrava el primero. Incluso aceptando que Daemon no detectara el engaño en el momento, su decisión de dejar a Tessarion con el ejército Hightower resulta estratégicamente incomprensible. Un dragón sin jinete sigue siendo un arma de destrucción masiva. Puede cambiar de lealtad, puede ser reclamado por otro jinete, puede sembrar el caos en el momento más inoportuno. Cualquier comandante con dos dedos de frente habría exigido llevarse a la bestia o, como mínimo, neutralizarla.
Algunos espectadores han argumentado que Daemon pretendía separar al dragón de su jinete para debilitar al enemigo. Pero la explicación chirría: si de verdad creía que Daeron estaba en su poder, ¿qué sentido tenía dejar a Tessarion atrás, listo para ser montado por cualquier aliado de los Verdes con sangre Targaryen? La lógica militar se desmorona en cuanto se examina con un mínimo de detenimiento.
Licencias creativas que pasan factura
Este no es un caso aislado. La tercera temporada de La casa del dragón —que arrancó el pasado 21 de junio en HBO Max con un episodio de 72 minutos centrado en la Batalla del Gaznate— ha intensificado su tendencia a inventar tramas ajenas al material original. El showrunner Ryan Condal y su equipo de guionistas llevan tres episodios apartándose de Fuego y sangre, y cada desviación abre nuevas grietas en la coherencia del relato.
La relación entre Condal y George R. R. Martin se rompió públicamente en septiembre de 2024, cuando el autor criticó decisiones creativas de la segunda temporada —como la suavización de la muerte de Jaehaerys a manos de Sangre y Queso— y admitió que ya no tenía contacto con el showrunner. Aquella ruptura marcó un punto de inflexión: esta es la primera temporada en la que Condal trabaja sin ningún tipo de colaboración con el creador del universo literario. Los resultados, para bien y para mal, se notan en cada episodio.
El falso Daeron y la trampa de la complejidad innecesaria
La trama del impostor no es mala en abstracto. Tiene ecos de otras suplantaciones célebres de la fantasía televisiva y añade capas de intriga a un conflicto que, en los libros, es más directo y brutal. El problema es que la serie no está sabiendo gestionar las consecuencias lógicas de sus propias invenciones. Cada nuevo giro exige que los personajes actúen de forma menos inteligente de lo que deberían para que la trama funcione. Y eso, en una serie que se vende como sucesora espiritual de Juego de tronos —donde los errores se pagaban caros y la inteligencia era el arma definitiva—, resulta especialmente dañino.
El descubrimiento del engaño llega en Desembarco del Rey, cuando Rhaenyra (Emma D’Arcy) permite a Alicent (Olivia Cooke) despedirse de quien cree que es su hijo antes de enviarlo al Muro. La reina viuda no reconoce al chico. Ahí salta todo por los aires. Ormund ha tomado Ladera mientras los Negros celebraban una victoria fantasma, y Rhaenyra se enfrenta a un dilema atroz: atacar a las tropas Hightower significaría quemar a su propio pueblo.
El episodio 4 se estrena el próximo lunes 13 de julio en HBO Max. Quedan cinco capítulos para que la temporada demuestre si estas licencias creativas conducen a algún sitio o si, por el contrario, se acumulan como parches en un guion que empieza a mostrar más costuras de las deseables. La Danza de los Dragones merece arder por coherencia interna, no por agujeros de guion.

Periodista. Escribo sobre las novedades de las series y programas de televisión y plataformas de vídeo en streaming. He trabajado en distintas revistas y periódicos digitales de España.
