¿Chiquito de la Calzada era una persona o un personaje? La pregunta, aparentemente absurda, estuvo en el centro de uno de los pleitos más singulares de la televisión española. El otro Chiquito recupera ahora aquella batalla legal entre el humorista malagueño y Telecinco por Lucas Grijander, el imitador televisivo que triunfó en Esta noche cruzamos el Mississippi, el programa presentado por Pepe Navarro.
El documental, dirigido por Juan Zavala y Javier Morales y con Diego San José detrás de la idea, se presentó en la sección Made in Spain del Festival de San Sebastián. Su estreno en Movistar Plus+ está previsto para el 1 de octubre. Más que una pieza nostálgica sobre la televisión de los años noventa, la película recupera un conflicto que vuelve a resultar incómodamente actual.
El humorista que convirtió su forma de hablar en una marca
Gregorio Sánchez Fernández, conocido popularmente como Chiquito de la Calzada, nació en Málaga en 1931 y comenzó su trayectoria como cantaor. Su salto a la televisión transformó por completo el panorama del humor en España: sus pausas, sus movimientos, sus palabras inventadas y su manera de construir los chistes formaron un lenguaje reconocible al instante.
La dimensión de aquel fenómeno resulta difícil de medir desde el presente. Chiquito no aportó únicamente una colección de frases populares, sino una forma completa de interpretar y contar. Su estilo se convirtió en una especie de código compartido que saltó de los escenarios a la televisión, la publicidad, las canciones, el merchandising y las conversaciones cotidianas.
Ese éxito coincidió con una etapa de enorme competencia entre las cadenas privadas. Telecinco buscaba formatos capaces de generar conversación y Esta noche cruzamos el Mississippi se convirtió en uno de los grandes escaparates de aquella televisión nocturna, excesiva y dispuesta a convertir cualquier fenómeno social en material de entretenimiento.
Quién era Lucas Grijander y por qué provocó la demanda
Cuando Chiquito se apartó temporalmente del ritmo de actuaciones, promociones y apariciones televisivas, el programa de Pepe Navarro introdujo a Lucas Grijander. El personaje, interpretado por Florentino Fernández, reproducía muchos de los rasgos asociados al humorista: el tono, la gestualidad, la cadencia y buena parte del universo verbal que el público identificaba con Chiquito.
La parodia funcionó en pantalla y pronto dejó de limitarse a una intervención dentro del programa. El fenómeno se amplió con canciones, teléfonos, camisetas y otras acciones comerciales. Más adelante apareció también Krispin Clander, otro personaje ligado a aquella misma fiebre televisiva.
Para Chiquito, el problema no era simplemente que alguien le imitara. La demanda planteaba si una cadena y una productora podían explotar comercialmente una identidad humorística reconocible sin contar con el creador que había dado forma a ese estilo.
La pregunta jurídica que dejó el caso en el aire
El conflicto enfrentaba dos interpretaciones. Una defendía que Chiquito era una persona pública y que, como sucede con otras figuras conocidas, podía quedar expuesto a la parodia. La otra sostenía que sus rasgos artísticos formaban una creación identificable y protegible por la legislación sobre propiedad intelectual.
La diferencia no era menor. Si Lucas Grijander se entendía como una simple imitación de una persona famosa, el margen para la parodia podía ser amplio. Si se consideraba que reproducía una creación artística concreta —un personaje, un lenguaje y una puesta en escena—, el debate cambiaba de terreno.
El otro Chiquito reconstruye esa discusión a través de testimonios vinculados al caso. Pepe Navarro aparece para defender su interpretación de lo ocurrido, mientras que Florentino Fernández participa en el repaso de un episodio que convirtió la sala del juzgado en una prolongación inesperada del plató televisivo.
Entre las cuestiones que se plantearon estaba incluso la posibilidad de distinguir qué elementos pertenecían realmente al estilo de Chiquito y cuáles formaban parte de recursos humorísticos anteriores. El litigio obligaba a separar la influencia, la parodia y la copia en un terreno donde las fronteras nunca son completamente precisas.
El éxito televisivo también tenía un coste personal
La historia no se limita a la discusión sobre derechos y beneficios. El documental incorpora el recuerdo de personas cercanas al humorista para mostrar el impacto que tuvo aquella exposición. Paz Padilla cuenta la angustia que sufrió Chiquito durante ese periodo, mientras que Mario Conde recuerda su relación con el cómico y una aspiración mucho más sencilla que el tamaño de su fama: comprar una casa para él y su mujer.
Ese contraste ayuda a entender la dimensión humana del caso. Mientras el personaje imitador se convertía en un producto televisivo de gran alcance, el hombre que había creado aquel universo afrontaba una situación que, según se desprende de los testimonios reunidos en la película, le generó preocupación e insomnio.
La televisión de los noventa tendía a transformar rápidamente cualquier éxito en una franquicia. Una frase podía convertirse en una canción; un personaje, en una línea de productos; y una imitación, en un elemento central de la programación. El caso de Chiquito muestra qué ocurría cuando esa maquinaria avanzaba más deprisa que las respuestas legales.
Por qué el caso vuelve a tener sentido en la era de la inteligencia artificial
La historia de Lucas Grijander no es solo un episodio de la televisión analógica. También sirve para formular preguntas que hoy aparecen alrededor de las voces clonadas, los avatares digitales y los personajes creados a partir de rasgos reconocibles de otra persona.
La tecnología permite reproducir una voz, una imagen o una forma de expresarse con una facilidad que en los años noventa habría parecido imposible. Sin embargo, la cuestión de fondo se parece: ¿se está parodiando a alguien o se está explotando una identidad creativa?
Las respuestas no son necesariamente las mismas. La inteligencia artificial introduce problemas específicos relacionados con la voz, la imagen, los datos personales y el consentimiento. Aun así, el debate que plantea el documental resulta reconocible: qué parte de una interpretación pertenece a la persona, qué parte puede considerarse una creación y cuándo una referencia humorística deja de ser una referencia para convertirse en un negocio basado en el trabajo ajeno.
Un documental sobre televisión, fama y límites creativos
El interés de El otro Chiquito está en que no necesita presentar aquel enfrentamiento como una simple anécdota televisiva. El caso permite revisar cómo se fabricaban los fenómenos de masas, cómo se explotaba el humor en la televisión privada y qué ocurría cuando una personalidad artística no podía controlar todas las versiones de sí misma que circulaban en pantalla.
También recupera una etapa en la que la televisión podía convertir a un cómico en un icono nacional en cuestión de meses. Chiquito de la Calzada cambió la manera de hablar en los programas de humor y dejó una huella evidente en varias generaciones, pero el documental recuerda que una influencia tan poderosa también podía ser reproducida, empaquetada y comercializada por otros.
El estreno en Movistar Plus+ devuelve al debate un pleito que nació alrededor de un personaje cómico, pero que apunta a un problema mucho más amplio. En una industria donde la imagen, la voz y el estilo se pueden copiar cada vez con menos medios, la pregunta ya no suena tan extravagante: antes de imitar a alguien, quizá haya que decidir qué es exactamente lo que se está copiando.




