‘La Velada del Año VI’: un evento de primera para una cultura de saldo

Ayer, 25 de julio, Ibai Llanos volvió a llenar el estadio de La Cartuja. Unas 80.000 personas asistieron a la sexta edición de La Velada del Año y millones más la siguieron desde casa. La retransmisión alcanzó un pico estimado de 7,67 millones de espectadores entre las distintas plataformas, con más de cinco millones simultáneos solo en YouTube. Diez combates, grandes actuaciones musicales, patrocinadores internacionales, grúas, luces, pantallas, realizadores y una ciudad entera convertida durante unas horas en capital del entretenimiento digital.

Es una barbaridad.

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Organizar algo así requiere talento, ambición, capacidad de convocatoria y un equipo inmenso trabajando durante meses para que, llegado el momento, parezca que todo sucede con facilidad. Hay empresarios que llevan veinte años reuniéndose para estudiar la posibilidad de organizar una jornada sobre innovación. Ibai pone un ring en medio de un estadio, contrata artistas, reúne a creadores de varios países y consigue que millones de personas pasen juntas una noche de verano.

Tiene mérito. Mucho.

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La Velada dignifica, además, una parte de la profesión de creador de contenido que durante demasiado tiempo se consideró un pasatiempo para adolescentes con una cámara. Demuestra que desde internet se pueden levantar espectáculos capaces de competir en producción, audiencia e influencia con la televisión tradicional. Genera trabajo, atrae patrocinadores, llena hoteles, mueve transporte, hostelería y servicios, y convierte algo nacido en una habitación frente a un ordenador en una industria cultural de alcance mundial.

Todo eso merece reconocimiento.

El problema empieza cuando, después de admirar la maquinaria, uno mira qué lleva dentro.

El éxito como certificado de calidad

La Velada es un evento de primera construido, demasiadas veces, alrededor de celebridades de cuarta.

No porque sus participantes no hayan trabajado. Prepararse durante meses, subir a un ring y aceptar que otra persona intente reorganizarte la mandíbula delante de millones de espectadores exige disciplina y valor. Tampoco porque todo creador de contenido deba recitar a Séneca mientras juega a Minecraft. El entretenimiento no necesita pedir perdón por entretener.

El problema es otro.

Buena parte del universo que rodea el evento ha convertido la visibilidad en una forma de autoridad. Tener millones de seguidores ya no significa únicamente que millones de personas te siguen. Significa, al parecer, que tu opinión importa, tu estilo de vida debe ser imitado, tu intimidad merece cobertura y cualquier cosa que hagas contiene una enseñanza para la juventud.

Un prodigio estadístico.

La fama siempre ha tenido una relación complicada con el mérito, pero antes al menos debía fingir que procedía de alguna habilidad reconocible. Había que cantar, actuar, escribir, marcar goles o presentar un programa sin mirar constantemente el monitor. Ahora basta con permanecer expuesto el tiempo suficiente. La celebridad digital no necesita una obra. Necesita una frecuencia.

Publicar. Reaccionar. Contar. Mostrar. Opinar. Volver a publicar.

Hasta que la presencia sustituye al contenido y el personaje acaba siendo famoso por administrar su propia fama.

La Velada concentra esa lógica y la ilumina con focos de estadio. Personas conocidas fundamentalmente por ser conocidas entran entre llamaradas, música solemne y vídeos de presentación como si regresaran de liberar una provincia ocupada. Caminan hacia el ring envueltas en una épica que la realización construye con gran eficacia y que la realidad, menos colaboradora, desmiente en cuanto empiezan a hablar.

No todos, naturalmente. Hay creadores con talento, humor, criterio, oficio y una relación inteligente con su público. También hay quienes han utilizado internet para construir proyectos valiosos que difícilmente habrían encontrado espacio en los medios tradicionales.

Pero no eran precisamente mayoría.

El festival del yo

La Velada se presenta como una celebración del boxeo amateur, la música y la comunidad digital. También podría presentarse como un festival del ego con guantes.

Todo gira alrededor de la exposición. El entrenamiento se convierte en contenido. El miedo se convierte en contenido. La rivalidad se convierte en contenido. El pesaje, la lesión, la reconciliación, la llegada al hotel y probablemente el desayuno del día siguiente se convierten en contenido. No se vive una experiencia para después contarla. Se vive porque puede contarse.

La cámara ya no documenta la vida, sino que la vida trabaja para la cámara.

Por eso, cabe preguntarse si todo el esfuerzo que hacen durante meses de preparación está guiado por un afán de mejorar como personas o profesionales o por la euforia y la tentación de querer ser aplaudidos por un estadio entero, algo con lo que, por cierto, hay que tener mucho cuidado.

El ring ofrece una metáfora involuntaria bastante precisa de nuestra época. Dos personajes compiten en el centro mientras miles de personas los observan, las marcas rodean el escenario y cada emoción debe ser suficientemente clara para sobrevivir convertida en un vídeo vertical de cuarenta segundos.

Hay esfuerzo real, desde luego. También dolor, nervios y sacrificio. Pero todo aparece envuelto en la filosofía dominante del ecosistema: si algo genera audiencia, debe de estar bien; si produce dinero, debe de ser valioso; si consigue atención, merece más atención.

Y resulta difícil saber en qué momento algunos creadores podrían detenerse a preguntar qué están aportando. El sistema no los invita a hacerlo. Los números suben, las marcas llaman, el público aplaude y el algoritmo concede esa forma moderna de absolución que consiste en mostrar una flecha verde.

¿Está bien lo que hago?

Mira las visitas.

Pregunta resuelta.

Ibai Llanos en ‘La Velada del Año’

Una profesión sin obligación de tener oficio

Hay algo incómodo en criticar este mundo porque cualquier objeción puede responderse con una captura de audiencia o una cifra de ingresos. Como ganan mucho dinero, se supone que han demostrado su valor. Es la teología del mercado aplicada al entretenimiento: el éxito no solo premia, también santifica.

Pero ganar dinero creando contenido no convierte automáticamente ese contenido en bueno, de la misma forma que vender muchos refrescos no convierte el azúcar en una vitamina.

La creación digital es una profesión fantástica cuando existe algo que crear. Puede producir humor, periodismo, análisis, divulgación, ficción, conversación, música o simple entretenimiento bien hecho. El problema surge cuando la profesión se reduce a conseguir que los demás miren. Miren qué compras, qué comes, con quién sales, qué opinas de otro creador que ha opinado sobre alguien que previamente reaccionó a un vídeo tuyo.

Una economía circular del vacío.

Lo más preocupante no es que existan personajes superficiales. Han existido siempre y, en dosis razonables, cumplen incluso una función recreativa. Lo preocupante es presentarlos como modelos de éxito integral ante un público muy joven. No como personas que han aprendido a explotar admirablemente un medio concreto, sino como referentes vitales cuya riqueza parece demostrar que han entendido algo importante sobre la existencia.

El mensaje es sencillo: no hace falta saber demasiado, construir demasiado ni aportar demasiado. Hace falta gustar, exponerse y encontrar una audiencia dispuesta a confundir familiaridad con valor.

Luego llegan el coche, la casa, el viaje, el combate y el documental sobre lo difícil que ha sido soportar el éxito.

La épica también necesita temporadas.

Aplaudir el evento, rechazar el espejo

Durante sus primeras ediciones, La Velada podía contemplarse como una curiosidad simpática. Una mezcla improbable de deporte, concierto y cultura de internet. Incluso quien no siguiera habitualmente a los participantes podía acercarse por interés, por diversión o por comprobar hasta dónde era capaz de llegar aquel invento.

Ahora produce algo distinto.

Cansancio.

No por su tamaño, sino por lo que representa. Por esa exposición interminable de vidas convertidas en escaparate. Por la insistencia en presentar cualquier notoriedad como talento y cualquier fortuna como sabiduría. Por una cultura digital que habla constantemente de autenticidad mientras calcula el ángulo, la miniatura, la colaboración y el momento exacto en que una lágrima puede mejorar la retención.

Rehuir el evento no significa despreciar el trabajo de quienes lo producen. Al contrario. Quizá la contradicción resulte irritante precisamente porque la producción es extraordinaria. Hay una excelencia técnica indiscutible puesta al servicio de un ecosistema humano que, con demasiada frecuencia, tiene bastante menos que decir de lo que cree.

Ibai Llanos merece el aplauso. Ha construido algo enorme, propio y reconocible. Ha demostrado una ambición que creo que es positiva y una capacidad de ejecución que muchos de sus críticos no tienen. La creación de eventos como este ensancha las posibilidades de toda una profesión.

Pero una profesión se dignifica por lo que es capaz de construir y también por aquello que decide celebrar.

La audiencia no convierte una conducta en ejemplar. El dinero no transforma el ruido en cultura. Un estadio lleno no vuelve interesante a quien entra en él rodeado de humo, música y una legión de ayudantes intentando colocarle correctamente la bata.

La Velada es un triunfo empresarial, técnico y mediático.

También es un espejo.

El espectáculo merece el aplauso. El reflejo, bastante menos.

Ricardo Ducazcal es el editor y fundador de ActualTV, que fundó en 2018. Cubre la actualidad de la industria audiovisual y cultural con un enfoque editorial que combina la dimensión empresarial del entretenimiento (estrategias, movimientos corporativos y modelos de negocio) con su impacto creativo y cultural. Su trabajo se centra en ofrecer contexto, análisis y criterio propio sobre las tendencias que marcan el presente y el futuro del sector.

Ricardo Ducazcal Adiego

Ricardo Ducazcal es el editor y fundador de ActualTV, que fundó en 2018. Cubre la actualidad de la industria audiovisual y cultural con un enfoque editorial que combina la dimensión empresarial del entretenimiento (estrategias, movimientos corporativos y modelos de negocio) con su impacto creativo y cultural. Su trabajo se centra en ofrecer contexto, análisis y criterio propio sobre las tendencias que marcan el presente y el futuro del sector.