‘Mayday’ parte de una idea con suficiente combustible para sostener una comedia de aventuras con personalidad: un piloto militar estadounidense abatido en territorio soviético durante la Guerra Fría debe colaborar con un antiguo agente de la KGB para sobrevivir. La mezcla de espionaje, acción, camaradería y parodia de Top Gun promete una película más juguetona que solemne. El problema es que Ryan Reynolds termina imponiendo su propia marca sobre casi todo lo demás.
No es que la película carezca de virtudes. Al contrario: hay una producción con talento detrás, una pareja protagonista con potencial y un tono que, por momentos, encuentra un equilibrio bastante agradecido entre el espectáculo y la sátira. Pero ‘Mayday’ parece debatirse constantemente entre ser una buddy movie ambientada en la Guerra Fría y ser otra película diseñada alrededor del personaje público de Reynolds.
Una aventura de la Guerra Fría que no quiere tomarse demasiado en serio
La premisa coloca al teniente de la Marina Troy Kelly en una situación límite. Tras ser derribado durante una misión confidencial, queda aislado en una zona hostil y necesita encontrar una salida. Su improbable aliado es Nikolai Ustinov, un antiguo miembro de la KGB fascinado por Estados Unidos. De ese encuentro nace la relación que debería articular toda la película.
La elección del contexto no es casual. ‘Mayday’ se acerca al imaginario de las películas de aviación y espionaje de décadas pasadas, pero lo hace desde una perspectiva consciente de sus propios códigos. La referencia a Top Gun no funciona únicamente como guiño: también sirve para señalar cómo el cine popular ha convertido determinadas operaciones militares y rivalidades internacionales en mitología de entretenimiento.
Ese juego metalingüístico tiene interés porque evita que la historia se limite a reproducir una visión simplista del conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La película parece más cómoda sugiriendo que ambos bloques utilizan la propaganda y el poder en su propio beneficio que tomando partido por uno de ellos. Sin embargo, la crítica política se queda en una capa ligera. El argumento apunta a una lectura más incisiva, pero rara vez se detiene lo suficiente como para desarrollarla.
La pareja con Kenneth Branagh es el gran acierto
El elemento que más ayuda a ‘Mayday’ es la dinámica entre sus dos protagonistas. Kenneth Branagh, en el papel de Ustinov, aporta una energía distinta a la de Reynolds y encuentra en el personaje un filón cómico evidente: un antiguo agente soviético que contempla la cultura estadounidense con entusiasmo casi infantil.
La idea podría haberse convertido fácilmente en una caricatura agotadora, pero Branagh consigue que el personaje tenga presencia propia. Su interpretación da a la película un contrapunto necesario y demuestra que el humor no tiene por qué depender siempre de comentarios ingeniosos o referencias pop. Hay algo más físico y más ingenuo en su forma de abordar la comedia que permite que algunas escenas respiren.
Ahí aparece una de las oportunidades perdidas del conjunto. La película habría ganado si hubiese confiado más en el choque entre dos personalidades distintas, en lugar de buscar de manera constante el remate asociado a Reynolds. El intercambio entre un militar estadounidense atrapado en una misión imposible y un exagente soviético fascinado por su enemigo potencial contiene suficiente material para una aventura entretenida sin necesidad de sobrecargar cada momento con ironía.
El problema no es que Ryan Reynolds haga de Ryan Reynolds
La cuestión con Reynolds no es nueva, pero ‘Mayday’ la hace especialmente visible. El actor ha convertido un tipo muy concreto de interpretación en una herramienta reconocible: rapidez verbal, sarcasmo, comentarios autoconscientes y una actitud de aparente superioridad que se resquebraja cuando la situación le obliga a mostrar vulnerabilidad.
Ese registro funciona cuando el personaje y la película están construidos para aprovecharlo. También puede ser eficaz en una comedia de acción que entiende esa personalidad como parte del mecanismo narrativo. El problema aparece cuando el actor ocupa tanto espacio que la película deja de parecer interesada en descubrir quién es realmente su personaje.
En ‘Mayday’, las improvisaciones y los gestos asociados a su imagen pública desplazan progresivamente a Troy Kelly. El piloto deja de ser una figura atrapada en un entorno hostil para convertirse en una nueva variación del protagonista ingenioso y consciente de estar dentro de una película. La consecuencia es que la relación con Ustinov pierde parte de su equilibrio: el ruso puede ser el personaje más llamativo en varias escenas, pero Reynolds acaba recuperando el centro de gravedad.
También hay una cierta sensación de desgaste. No porque Reynolds no pueda seguir interpretando a personajes carismáticos, sino porque cada nuevo papel parece confirmar que el actor está más interesado en prolongar una fórmula que en someterla a variaciones reales. La diferencia entre repetir una personalidad y explorar sus límites es pequeña sobre el papel, pero enorme en pantalla.
John Francis Daley y Jonathan Goldstein dejan ver una película mejor
La dirección de John Francis Daley y Jonathan Goldstein aporta ligereza y ritmo. El dúo ya ha demostrado que sabe manejar grupos de personajes, humor de situación y aventuras que no necesitan renunciar al espectáculo para resultar cercanas. En ‘Mayday’ vuelven a mostrar esa habilidad, especialmente cuando la acción nace de la situación y no únicamente del chiste.
Su trabajo se percibe en la voluntad de construir una película accesible, con un sentido del entretenimiento bastante claro y sin convertir la ambientación de la Guerra Fría en un decorado completamente solemne. Pero también se nota que el material está muy condicionado por la presencia de su protagonista.
La película funciona mejor cuando permite que el absurdo proceda del contexto: dos hombres de bandos enfrentados obligados a colaborar, una misión militar convertida en una carrera por la supervivencia y una visión deliberadamente exagerada de los códigos del cine bélico. Funciona peor cuando interrumpe esas situaciones para recordar al espectador que está viendo a Ryan Reynolds haciendo el tipo de humor que ya espera de él.
Una comedia con buenas ideas atrapada en su propia fórmula
‘Mayday’ no es un desastre ni una oportunidad completamente perdida. Tiene una premisa atractiva, un segundo protagonista con encanto y suficientes momentos de diversión para justificar el viaje. Su mayor problema es más específico: la película parece saber que tiene una buena aventura entre manos, pero no termina de confiar en ella.
En lugar de dejar que la amistad improbable entre Troy y Ustinov se convierta en el motor principal, el guion vuelve una y otra vez a la personalidad de Reynolds. El resultado es irregular: hay escenas con energía y una pareja protagonista que podría haber sostenido una comedia de acción muy eficaz, pero también una sensación persistente de que estamos viendo una versión más de un personaje familiar.
La paradoja es que el actor podría haber sido el elemento sorpresa de ‘Mayday’ si hubiese utilizado su carisma para desaparecer un poco dentro del papel. En cambio, la película termina funcionando como otro escaparate de una imagen perfectamente reconocible. Y cuando una aventura sobre dos enemigos obligados a entenderse acaba girando alrededor de una sola voz, la alianza más interesante deja de ser la que propone la historia.




