La Séptima ha conseguido algo bastante difícil: ser una cadena de televisión reconocible antes de emitir un solo minuto. Sabemos que quiere directo. Sabemos que quiere actualidad. Sabemos que reivindica una mirada progresista. Sabemos que no quiere hacer campañas a favor de partidos, que pretende huir de la polarización y que Javier Ruiz incluso ha utilizado una expresión tan eficaz como peligrosa para resumir el proyecto: la «anti-Fox».
Sabemos, en definitiva, muchas cosas sobre aquello que La Séptima dice que no quiere ser.
Ahora falta lo verdaderamente complicado: descubrir qué quiere ser cuando se encienda la cámara.
El próximo 5 de noviembre no va a aparecer simplemente otro número en el mando. Servicios Integrados Entretenimiento Televisivo obtuvo en mayo la nueva licencia nacional de TDT después de un concurso al que concurrieron dos ofertas, la suya y la de Mediaset. El lanzamiento coincidirá además con la reorganización tecnológica de la TDT y la implantación de una nueva fase de emisiones UHD. No todos los días nace una cadena estatal en abierto con semejante escaparate.
Precisamente por eso convendría que La Séptima empezase a desprenderse cuanto antes de una tentación muy televisiva: construir una identidad explicando quiénes son los otros.
Una cadena no puede construirse únicamente contra otra cadena
Definirse como «anti-Fox» funciona estupendamente en una entrevista. Se entiende en dos segundos, genera titulares y sitúa al espectador ante una declaración de intenciones. Como campaña de presentación, tiene pegada.
Como filosofía televisiva, ya es más discutible.
Fox News pertenece a otro mercado, otra cultura política y otro ecosistema audiovisual. Convertirla en el espejo invertido sobre el que explicar una nueva cadena española corre el riesgo de importar no solo una comparación, sino también la lógica que aparentemente se pretende combatir: la idea de que una televisión se define principalmente por el lugar ideológico que ocupa frente a las demás.
Javier Ruiz ha explicado que La Séptima tendrá una mirada progresista pero no pretende hacer campañas por ningún partido, y durante la presentación en el FesTVal insistió en la intención de abrirse también a espectadores conservadores y ofrecer distintos puntos de vista. La cadena ha repetido igualmente que quiere explicar la actualidad «sin ruido y sin polarización».
Todo eso puede constituir una línea editorial perfectamente reconocible.
Pero una línea editorial todavía no es una televisión.
La televisión empieza después: cuando hay que decidir qué noticia abre, cuánto dura una entrevista, quién pregunta, quién contradice, qué historias merecen una cámara fuera de Madrid, qué temas no entran en la agenda habitual, cuánto tiempo se entrega a una tertulia y cuánto a un reportero que ha salido a comprobar algo.
Ahí se descubre realmente un canal.
El rigor no puede ser el formato
También existe otro peligro en la presentación de La Séptima. Prometer rigor, contexto, verificación o ausencia de propaganda resulta tranquilizador, pero debería ser el suelo del periodismo, no su gran innovación comercial.
El rigor no es un género televisivo.
El espectador no incorpora un canal a sus hábitos porque su presentación corporativa sea impecable. Lo hace porque encuentra allí algo que le cuesta encontrar en otro lugar.
José Miguel Contreras ha defendido precisamente que el espacio diferencial de la televisión frente a Netflix y las plataformas está en contar lo que sucede en ese momento. El proyecto ha colocado por ello el directo en el centro de una parrilla que combinará información, conversación, entretenimiento y humor. Javier Ruiz ha hablado incluso de una red de unos 180 periodistas para alimentar esa cobertura.
Eso sí podría ser una diferencia.
Pero dependerá de qué se haga con ella.
Ciento ochenta periodistas pueden producir una televisión extraordinariamente pegada a la calle o ciento ochenta conexiones destinadas a alimentar durante horas la misma conversación. El directo puede significar imprevisibilidad y capacidad de reacción. También puede convertirse en la manera más barata intelectualmente de rellenar una parrilla: mesa, tertulianos, polémica, publicidad y vuelta a empezar.
El enemigo de una nueva cadena no es otra cadena. Es la repetición.

La pluralidad tampoco se proclama: se ve
La Séptima ha dedicado una parte importante de su presentación a explicar su relación con la pluralidad. Ruiz ha asegurado que no quiere convertirla en «los rojos de guardia», mientras que el equipo ha defendido una televisión capaz de recibir a espectadores con sensibilidades distintas.
La intención es relevante. La prueba será mucho menos solemne.
Se verá en la lista de invitados, en quién puede terminar una respuesta incómoda, en qué asuntos reciben veinte minutos y cuáles cuarenta segundos, y en si una noticia que va contradice la línea editorial de la propia cadena recibe el mismo entusiasmo periodístico que otra que la confirma.
Y, sobre todo, en si La Séptima entiende que pluralidad no significa fabricar una pelea simétrica cada tarde, sino permitir que la realidad tenga más matices que los disponibles en una mesa de cuatro colaboradores.
La mejor noticia para La Séptima sería que dejásemos de hablar de su ideología
Hay además algo interesante en los primeros nombres anunciados. Javier Ruiz, Verónica Sanz, Noor Ben Yessef, Rocío Delgado, Luján Argüelles, Sarah Santaolalla, Héctor de Miguel, Alba Carrillo y Marta Márquez dibujan deliberadamente un proyecto que no quiere parecer un canal de noticias clásico. Información, humor, entretenimiento y conversación van a convivir en la misma antena.
Ahí puede estar la televisión que todavía no hemos visto.
No en convertirse en una réplica ideológica de nada, sino en encontrar un tono capaz de saltar de una noticia grave a una conversación popular sin tratar lo primero como espectáculo ni lo segundo como relleno.
Sería bastante injusto juzgar una cadena que todavía no ha comenzado a emitir. La Séptima merece exactamente lo contrario: que se le exija por lo que haga a partir del 5 de noviembre y no por las caricaturas que partidarios o detractores hayan construido antes de tiempo.
Pero esa misma regla debería aplicársela el propio canal.
Ha explicado ya su ideario. Ha presentado sus caras. Ha dicho qué periodismo rechaza. Ha descrito las televisiones frente a las que quiere diferenciarse.
Es suficiente.
Ahora necesita programas.
Necesita secciones que sorprendan. Reporteros que descubran cosas. Entrevistas que dejen noticias. Humor que funcione aunque el espectador no comparta todas sus referencias.
Porque el verdadero éxito de La Séptima no sería convertirse en la anti-Fox, la anti-laSexta, la anti-TVE o la anti-lo-que-sea.
Sería mucho más difícil que eso.
Sería conseguir que, pasado un tiempo, nadie necesite explicar La Séptima comparándola con otra televisión.
El 5 de noviembre tendrá una frecuencia, una parrilla, rostros conocidos y una oportunidad extraordinariamente infrecuente en la televisión española. La identidad tendrá que conquistarla después.
Y el mando a distancia, por suerte o por desgracia, no premia intenciones: repite hábitos.



