Adiós al cine tradicional: Netflix limita a 17 días los estrenos de Warner
La industria del cine vuelve a situarse al borde de un cambio histórico. Netflix estaría dispuesta a dinamitar uno de los pilares tradicionales de la exhibición cinematográfica con una propuesta que ya genera un fuerte terremoto en Hollywood: estrenar las películas de Warner Bros en salas durante solo 17 días antes de su llegada directa al streaming. Un movimiento que, de confirmarse, podría marcar un antes y un después en la relación entre las plataformas digitales y los cines.
La información, adelantada por Deadline, no ha pasado desapercibida entre distribuidores, exhibidores y analistas. No es para menos. Reducir el paso por salas a poco más de dos semanas supone romper con décadas de normas no escritas que han sostenido el negocio cinematográfico tal y como lo conocemos.
Netflix y su modelo de estrenos mínimos en cines
Para entender el alcance de esta posible decisión, conviene mirar atrás. Netflix nunca ha creído plenamente en la exclusividad prolongada de las salas. Hasta ahora, su estrategia con los estrenos cinematográficos ha sido clara: un paso casi simbólico por cines, lo justo para cumplir los requisitos de los grandes premios.
La Academia de Hollywood exige que las películas candidatas a los Oscar tengan un estreno previo en salas comerciales. Para sortear esta norma, la plataforma ha optado por estrenos muy limitados en número de cines y en duración, normalmente concentrados en grandes ciudades y durante pocos días.
Producciones recientes como Frankenstein o Puñales por la espalda: De entre los muertos pasaron prácticamente de puntillas por la cartelera. Muchos espectadores ni siquiera llegaron a enterarse de que se proyectaban en cines, y las cifras de taquilla fueron, como era de esperar, testimoniales.
La taquilla ya no es la prioridad para Netflix
Este modelo no preocupa a la compañía. Netflix no mide el éxito en entradas vendidas, sino en suscriptores, horas de visionado y capacidad de generar conversación global. Para su cúpula directiva, el cine es solo un trampolín mediático hacia el verdadero objetivo: reforzar el valor de su catálogo exclusivo.
El espectador medio lo ha asumido con naturalidad. ¿Por qué pagar una entrada cuando, en apenas dos o tres semanas, la película estará incluida en la suscripción mensual? Este razonamiento ha ido ganando terreno, y ahora podría extenderse a títulos de gran calibre procedentes de un estudio histórico como Warner Bros.

Warner Bros y su ADN ligado a las salas
Aquí es donde surge la gran contradicción. Warner Bros no es un estudio cualquiera. Su historia está íntimamente ligada a la experiencia cinematográfica tradicional y a la explotación en salas como principal fuente de ingresos.
Solo en el último año, el estudio ha firmado varios éxitos rotundos en taquilla. Una película de Minecraft rozó los 960 millones de dólares, F1: The Movie superó los 630 millones, y Superman se quedó cerca con 615 millones de recaudación mundial. Cifras que difícilmente pueden ignorarse.
La pregunta es inevitable: ¿puede Netflix permitirse renunciar a ese potencial económico? Y, más importante aún, ¿qué obtiene a cambio? Algunos analistas apuntan a que el objetivo no es sustituir esos ingresos, sino reforzar el dominio del streaming, incluso aunque eso implique sacrificar beneficios inmediatos en favor de una posición casi hegemónica a largo plazo.
El riesgo de un mercado cada vez más concentrado
La posible compra de Warner Bros por parte de Netflix ya despertó temores en su momento. La concentración de activos en pocas manos siempre genera inquietud, y este movimiento no hace sino avivarla.
Si las grandes producciones llegan antes a streaming, el valor percibido de la suscripción aumenta, pero también se reduce la diversidad de ventanas de consumo. La experiencia colectiva del cine pierde peso frente al consumo doméstico, individual y controlado por una sola plataforma.
Además, algunos expertos advierten de un riesgo añadido: la subida progresiva de precios. Si Netflix se convierte en el único acceso a determinados estrenos, el margen de elección del espectador se reduce drásticamente.
El umbral de rentabilidad que defienden los cines
Desde el punto de vista de los exhibidores, el escenario es desolador. Grandes cadenas como AMC sostienen que una película necesita al menos 45 días en salas para alcanzar un umbral de rentabilidad razonable. Por debajo de ese margen, la viabilidad económica se desploma.
En la práctica, la mayoría de distribuidoras han ido incluso más allá en los últimos años, estableciendo ventanas de dos a dos meses y medio antes del salto a plataformas. Y eso sin contar una fase intermedia clave: el alquiler y la compra digital, que también aportan ingresos adicionales.
El plan atribuido a Netflix eliminaría de un plumazo todas esas etapas. No habría alquiler digital, ni compra, ni formato físico. Solo cine durante 17 días y, después, streaming.
El problema del acceso y la preservación cultural
Más allá del impacto económico, existe una cuestión menos visible pero igual de relevante: la preservación de las obras. Cuando una película depende exclusivamente de una plataforma, su disponibilidad queda sujeta a decisiones empresariales.
Si un día Netflix retira un título de su catálogo, desaparece del acceso legal para el público. Sin copias físicas ni ventanas alternativas, el cine corre el riesgo de convertirse en un producto efímero, condicionado por algoritmos y estrategias comerciales.
Para muchos historiadores y críticos, este es uno de los grandes peligros del modelo actual: la pérdida de memoria cultural.
¿Un punto de no retorno para las salas?
Por ahora, la información de Deadline no ha sido confirmada oficialmente. Existe la posibilidad de que la presión de la industria fuerce a Netflix a reconsiderar su postura, especialmente si los exhibidores reaccionan con bloqueos o boicots.
Sin embargo, el simple hecho de que esta propuesta esté sobre la mesa ya dice mucho del momento que vive el sector. Los cines llevan años reinventándose, apostando por experiencias premium, pantallas gigantes, sonido inmersivo y eventos especiales. Si esta tendencia se consolida, esa transformación dejará de ser opcional para convertirse en una cuestión de supervivencia.
Un futuro incierto para el cine tal y como lo conocíamos
El debate está servido. Diecisiete días en salas no es solo una cifra, es un símbolo de cómo ha cambiado la forma de consumir cine. Entre la comodidad del hogar y la experiencia colectiva de la gran pantalla, la balanza parece inclinarse cada vez más hacia el sofá.
Queda por ver si este movimiento se materializa o si quedará como un aviso de lo que podría venir. En cualquier caso, el mensaje es claro: el cine tradicional ya no puede dar nada por sentado. El futuro se escribe ahora, y no necesariamente en la oscuridad de una sala.

Redactora de ActualTV especializada en televisión.
