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La Séptima: una cadena para triturar

El estreno de La Séptima deja polémica por su trituradora de periodistas y sus encuestas electorales. Una primera noche con más propaganda que criterio.

La Séptima comenzó ayer sus emisiones y hay que reconocerle algo: consiguió encender la televisión. No es poca cosa para una cadena levantada en unos meses, con instalaciones todavía en construcción, centenares de profesionales y una maquinaria técnica que, al menos en su estreno, respondió razonablemente bien. Javier Ruiz recorrió las instalaciones, enseñó las redacciones, presentó al equipo y habló de periodismo, honestidad y pluralidad. Todo muy solemne. Todo muy prometedor.

El problema llegó cuando empezaron a hacer televisión.

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La nueva cadena, impulsada por José Miguel Contreras y beneficiaria de una licencia de TDT adjudicada por el Gobierno en un concurso que ya había despertado controversia, llegaba acompañada de sospechas bastante razonables sobre su orientación ideológica. Bastaba conocer algunos de sus rostros para intuir por dónde circularía la línea editorial. Nada especialmente escandaloso. Los medios tienen ideología, los periodistas tienen opiniones y la neutralidad absoluta suele ser una aspiración bastante más frecuente en los discursos corporativos que en las redacciones.

Lo que nadie esperaba era que la cadena consiguiera superar las peores previsiones en su primer día.

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Y no precisamente por arriba.

El periodismo pasado por la trituradora

Uno de los momentos más lamentables llegó con La trituradora, una sección del programa En línea, presentado por Sarah Santaolalla. En su cabecera aparecían fotografías de periodistas españoles siendo trituradas.

Sí. Fotografías de periodistas. Trituradas.

Conviene detenerse un momento en esto porque hemos normalizado tantas barbaridades en nombre de la confrontación política que empezamos a perder la capacidad de distinguir la sátira de la simple indecencia.

Se puede criticar a un periodista. Se puede cuestionar su independencia, desmontar sus informaciones, denunciar sus errores y ridiculizar sus argumentos. Faltaría más. La libertad de expresión también consiste en poder decirle a un colega que está haciendo un periodismo lamentable. Pero hay una distancia considerable entre combatir sus ideas y convertir su imagen en material para una destrucción simbólica televisada.

No hace falta simpatizar con ninguno de los periodistas retratados para encontrarlo repugnante. De hecho, esa es precisamente la prueba de madurez democrática: defender ciertos límites de convivencia incluso cuando afectan a personas que no nos gustan.

Imaginen por un momento una cadena de orientación conservadora estrenándose con fotografías de periodistas progresistas entrando en una trituradora. La indignación sería monumental. Y estaría justificada.

Pero aquí parece que todo depende de quién maneje el aparato.

Hay algo especialmente desagradable en el simbolismo elegido. Porque una trituradora no discute, no rebate, no argumenta. Simplemente elimina aquello que se introduce en ella. Y convertir ese gesto en la presentación de un espacio televisivo dedicado a la actualidad dice bastante sobre la idea de debate público que manejan sus responsables. No se trata de pedir delicadeza a la sátira política, que perdería buena parte de su gracia si necesitara autorización notarial para cada chiste. Se trata de comprender que la agresividad no es sinónimo de valentía y que señalar a periodistas no constituye, por sí mismo, ningún ejercicio de periodismo.

Lo más inquietante no es siquiera el mal gusto de la ocurrencia, más propio de una campaña de señalamiento en una república bananera que de un proyecto periodístico serio. Es que alguien lo pensara, alguien lo aprobara y nadie, en todo el proceso de producción, considerara conveniente preguntar si aquello era una buena idea.

Presentadores de La Séptima en la presentación oficial del FesTVal de Vitoria-Gasteiz
Presentadores de La Séptima en la presentación oficial del FesTVal de Vitoria-Gasteiz.

Lo más inquietante no es siquiera el mal gusto de la ocurrencia, más propio de una campaña de señalamiento en una república bananera que de un proyecto periodístico serio. Es que alguien lo pensara, alguien lo aprobara y nadie, en todo el proceso de producción, considerara conveniente preguntar si aquello era una buena idea.

La demoscopia como espectáculo

La segunda joya de la noche llegó con la gran apuesta informativa de la cadena: un seguimiento diario de intención de voto elaborado por SW Demoscopia.

En su primera entrega, La Séptima presentó una estimación que situaba al PSOE como primera fuerza, con un 29,8% frente al 29,1% del PP. Un resultado singular en un panorama demoscópico en el que la mayoría de las encuestas colocaban por delante a los populares. Eso sí, el propio sondeo otorgaba mayoría absoluta a PP y Vox. Un pequeño detalle que conviene no perder entre tanta celebración del primer puesto socialista.

Naturalmente, una encuesta no es falsa por contradecir a las demás. Sería intelectualmente deshonesto afirmarlo. Las estimaciones tienen márgenes de error, metodologías distintas y resultados que deben juzgarse por su rigor, no por nuestra simpatía hacia el ganador.

Pero tampoco resulta obligatorio fingir ingenuidad. Esta en encuesta no tiene ni pies ni cabaza.

Cuando una cadena de orientación editorial tan reconocible decide convertir la intención de voto en un acontecimiento televisivo diario, el riesgo de transformar la información en una herramienta de construcción del relato político es evidente. Especialmente si se presenta cada movimiento demoscópico como si fuera una revelación sobre el destino del país.

Porque las encuestas no solamente describen una realidad política. También pueden influir en cómo la perciben los ciudadanos, en qué partidos parecen fuertes, cuáles transmiten agotamiento y dónde empieza a instalarse la sensación de que una victoria es posible. Por eso importa tanto la metodología como la manera de presentar sus resultados. Y por eso un seguimiento diario exige especial prudencia con las oscilaciones estadísticas, que no siempre representan cambios reales en el electorado. Una décima en una pantalla puede parecer una noticia. En términos demoscópicos, puede no significar absolutamente nada.

La política española ya tiene suficiente propaganda disfrazada de análisis como para necesitar un boletín nocturno que aspire a convertirse en el marcador oficial de la campaña electoral.

Porque las encuestas no solamente describen una realidad política. También pueden influir en cómo la perciben los ciudadanos, en qué partidos parecen fuertes, cuáles transmiten agotamiento y dónde empieza a instalarse la sensación de que una victoria es posible

Una mala primera impresión

La Séptima tiene todo el derecho a existir, a defender una línea progresista y a competir por la audiencia. También a equivocarse. La pluralidad informativa no consiste en que todos los canales piensen igual, sino precisamente en lo contrario.

Pero una cosa es tener ideología y otra confundir el periodismo con la militancia escenificada.

Queda, además, una incógnita empresarial nada menor: cómo va a sostenerse económicamente una estructura tan ambiciosa en un mercado televisivo donde hasta las cadenas consolidadas tienen dificultades para rentabilizar determinados contenidos. Tiempo habrá para comprobarlo. De momento, las dimensiones de la apuesta resultan tan llamativas como la rapidez con la que se ha puesto en marcha. Y sería deseable que tanta inversión terminara produciendo algo más interesante que una sucesión de mensajes destinados a confirmar las convicciones de una audiencia que ya sabe perfectamente a quién quiere votar.

De momento, la cadena ha conseguido algo bastante más sencillo que cambiar la televisión española: retratar sus prioridades en apenas unas horas.

Javier Ruiz pidió durante el estreno que los espectadores vigilaran al canal para evitar que terminara convirtiéndose en aquello que decía venir a combatir. Una declaración de intenciones admirable.

Lo preocupante es que quizá deberían haber empezado a vigilarse ellos mismos antes de salir al aire.

Porque montar una televisión exige dinero, profesionales, tecnología y una licencia. Construir un medio respetable requiere algo que no se compra con ninguna de esas cosas.

Criterio.

Y ese, por desgracia, no venía instalado en el plató.

Ricardo Ducazcal Adiego
Ricardo Ducazcal Adiego
Ricardo Ducazcal es el editor y fundador de ActualTV, que fundó en 2018. Cubre la actualidad de la industria audiovisual y cultural con un enfoque editorial que combina la dimensión empresarial del entretenimiento (estrategias, movimientos corporativos y modelos de negocio) con su impacto creativo y cultural. Su trabajo se centra en ofrecer contexto, análisis y criterio propio sobre las tendencias que marcan el presente y el futuro del sector.
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