Pedro Sánchez llegó a La Revuelta dispuesto a demostrar que también sabe ser un tipo cercano, espontáneo y con sentido del humor. Se sentó en el sofá, cogió el perro de peluche que tenía al lado y se acomodó con esa naturalidad cuidadosamente administrada de quien lleva demasiados años rodeado de asesores de comunicación. No sé si lo del perro estaba ensayado. Probablemente sí. A lo mejor ya es paranonia, pero viendo al presidente, uno tiene la sensación de que hasta sus gestos espontáneos han pasado antes por una reunión de estrategia.
La entrevista tenía todos los ingredientes para convertirse en un paseo agradable. Un presidente en precampaña, un programa de entretenimiento al que sus adversarios llevan años acusando de proximidad al Gobierno y un presentador que nunca ha pretendido ser periodista político. Sobre el papel, una oportunidad magnífica para humanizar a Sánchez, regalar unas cuantas sonrisas y regresar a Moncloa con varios vídeos simpáticos para las redes sociales.
Sobre el papel.
Porque ocurrió algo bastante más interesante. David Broncano hizo una entrevista. Y, para sorpresa de quienes esperaban una ceremonia de complicidad televisiva, la hizo razonablemente bien.
Broncano, más serio de lo previsto
Hay que reconocerle a Broncano algo que no siempre se concede a quienes vienen del entretenimiento: supo entender la importancia del invitado sin traicionar la naturaleza del programa. Estuvo más serio de lo habitual, escuchó, preguntó y consiguió introducir buena parte de las controversias que han acompañado al Gobierno durante estos años. La corrupción, Ábalos, la vivienda, Ceuta, las tensiones con la justicia y los problemas políticos del presidente tuvieron su espacio.
No fue una entrevista de investigación. Tampoco pretendía serlo. Hubo cuestiones que merecían mayor profundidad y respuestas que habrían exigido una repregunta más incómoda. Pero sería absurdo exigirle a Broncano que se convirtiera de repente en un fiscal del Tribunal Supremo con mesa de ping-pong.
Lo interesante fue precisamente el equilibrio. Broncano consiguió ser incisivo sin resultar agresivo. Preguntó sin levantar la voz. Y, sobre todo, permitió que el humor hiciera una parte del trabajo que en otras entrevistas necesita una confrontación directa.
Porque los chistes también pueden ser preguntas. A veces, incluso, preguntas especialmente difíciles de responder.
Lo comprobamos cuando aparecieron las bromas sobre Zapatero y los regalos, cuando se mencionó a Tezanos o cuando Ricardo Castella y Grison aprovecharon las intervenciones para introducir esa clase de comentarios que resultan inofensivos hasta que uno recuerda quién está sentado enfrente. El público se reía. Sánchez, bastante menos.
No estuvo permanentemente serio, por supuesto. Hubo complicidad, algunas respuestas divertidas y momentos en los que entró al juego. Pero cuando el humor rozaba los asuntos más delicados, la espontaneidad parecía quedarse sin cobertura.
El problema de no controlar el chiste
Sánchez es un político extraordinariamente entrenado en la comunicación. Lo ha demostrado durante años, especialmente en las campañas electorales. Sabe ocupar el espacio, alargar una respuesta, desplazar el foco y convertir una pregunta incómoda en una oportunidad para explicar su programa político.
En La Revuelta volvió a intentarlo. En varias ocasiones parecía más interesado en desarrollar su argumentario que en dejar avanzar la conversación. Es una estrategia perfectamente reconocible: cuanto más tiempo habla el entrevistado, menos tiempo tiene el entrevistador para preguntar.
El problema es que Broncano no juega exactamente con las mismas reglas que un periodista político. Y mucho menos Grison o Ricardo Castella.
En una entrevista convencional, el presidente puede anticipar los asuntos incómodos y preparar sus respuestas. En un programa de humor, en cambio, cualquiera puede introducir una barbaridad aparentemente inocente que deja al descubierto una contradicción política. No hace falta formular una acusación. A veces basta una frase lanzada desde un lateral del escenario.
Y ahí Sánchez estuvo menos cómodo.
Su respuesta ante algunos de esos golpes fue el silencio, acompañado de una expresión que parecía debatirse entre la cortesía institucional y las ganas de que alguien cambiara de asunto. Una estrategia comprensible. Discutir con un cómico por un chiste suele ser una forma bastante eficaz de conseguir que el chiste sobreviva varios días más.
Hay algo especialmente revelador en observar a un político acostumbrado a controlar sus apariciones públicas enfrentándose a un entorno donde no puede controlar del todo el tono. Puede dirigir una rueda de prensa, dominar un debate o convertir una entrevista en un mitin. Lo que no puede es decidir cuándo debe reírse el público.
Y mucho menos de qué.
🤬 El odio que genera Pedro Sánchez
«Se acuerdan de mi madre, yo también me acuerdo de las suyas…»
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— La Revuelta (@LaRevuelta_TVE) October 22, 2026
Una victoria discreta de Broncano
No creo que Sánchez haya salido especialmente perjudicado de La Revuelta. Sería exagerado. Respondió a preguntas difíciles, defendió su gestión y dispuso de tiempo suficiente para transmitir sus mensajes electorales. Pero tampoco creo que la entrevista le haya beneficiado demasiado. No apareció ese presidente particularmente simpático y desenvuelto que probablemente convenía mostrar.
Quien sí salió reforzado fue Broncano.
Se enfrentaba a una prueba delicada. Si trataba a Sánchez con excesiva complacencia, confirmaría todos los prejuicios de quienes consideran La Revuelta una extensión recreativa de Moncloa. Si adoptaba una agresividad artificial para demostrar independencia, habría traicionado el estilo que ha convertido su programa en un éxito.
Eligió un camino más inteligente. Hizo su programa, pero entendiendo que aquella noche el invitado no era un actor promocionando una película.
Y esa decisión tiene una consecuencia interesante para las próximas semanas.
Sánchez aseguró que también irá a El Hormiguero, donde previsiblemente encontrará a un Pablo Motos más directo, más combativo y bastante menos dispuesto a dejar escapar determinados asuntos. Será otra clase de entrevista, con otras reglas y probablemente otras incomodidades.
Pero Broncano ha demostrado que su sofá puede recibir a políticos sin convertirse necesariamente en una oficina de propaganda. Eso debería facilitar que otros candidatos, incluidos los de la derecha, acepten sentarse allí. Y sería saludable que lo hicieran. Una televisión pública que invita a todos y permite que sus presentadores hagan su trabajo, sin necesidad de repartir certificados de adhesión ideológica, presta un servicio bastante más valioso que una sucesión de entrevistas complacientes.
Al final, la noche dejó una paradoja curiosa. Sánchez acudió a demostrar que podía desenvolverse con naturalidad en territorio humorístico, pero no lo consiguió. Broncano, que tenía la obligación de hacer reír, descubrió que también podía incomodar sin dejar de ser divertido.
El presidente salió ligeramente perjudicado. El presentador, bastante mejor de lo que muchos esperaban.
Y quizá esa sea la mejor noticia de la entrevista: que en un país donde buena parte del periodismo político confunde la dureza con el griterío y la independencia con elegir cuidadosamente a quién incomodar, un humorista haya recordado que se puede preguntar con educación, hacer reír y dejar al poder en evidencia sin necesidad de ponerse una toga.
Sánchez se llevó sus mensajes. Broncano se quedó con el programa.
Y el sofá resultó ser bastante menos cómodo de lo que parecía.



