El estreno de ‘La Odisea’ prometía ser la gran celebración del cine en 2026, pero una semana después de su llegada a las salas ha provocado una conversación igual de monumental que la travesía de Ulises. Mientras la crítica debate sobre la ambición visual de Christopher Nolan o sus polémicos diálogos, una realidad técnica está generando una brecha entre los espectadores: la inmensa mayoría no está viendo la película tal y como la concibió su director.
El problema no es una cuestión de gusto, sino de píxeles, encuadre y formato de proyección. El crítico Alejandro G. Calvo ha puesto voz a una incomodidad que muchos espectadores sintieron sin saber muy bien cómo explicar. “Pensaba que la proyección era defectuosa”, explica sobre su pase. Su reflexión es contundente: “Estaba viendo la peli y digo: ‘Uy, si esto lo están proyectando mal, debe estar saliéndose de los márgenes porque me están cortando cogotes de los actores'”.
Lejos de ser un fallo puntual de su sala, lo que describe es la nueva realidad cinematográfica impuesta por Nolan en su adaptación del poema de Homero. Un recorte sistemático de la imagen que afecta prácticamente a todas las salas del mundo.
Entre el 25% y el 27% menos de imagen: el recorte invisible
Los números son demoledores y explican por qué tantos rostros aparecen descabezados en los planos. Según los cálculos que maneja el crítico, las pérdidas de información visual son muy significativas. En una sala IMAX estándar, el espectador solo recibe un 75% de la imagen original captada por las cámaras de Nolan. En una sala convencional, la cifra baja hasta aproximadamente un 73% del fotograma. Casi una cuarta parte de la composición se pierde por el camino.
La causa es la apuesta radical del cineasta por el formato IMAX 70 mm, una tecnología que ofrece una calidad y un tamaño de imagen incomparables, pero que solo está disponible en 41 salas de todo el mundo. El problema de base es obvio: si solo esos cines pueden ofrecer el visionado íntegro, el resto del público está viendo una versión mutilada de la obra.
Calvo no esconde su frustración con esta decisión, que considera una grave contradicción artística. “¿Ha hecho una peli para que solo la puedan ver en 80 cines en el mundo? Porque en el resto las películas están cortadas. Es una falta de respeto al lenguaje cinematográfico, porque el lenguaje cinematográfico es qué entra y qué no entra en el plano”, critica, dejando claro que el debate trasciende lo meramente industrial para situarse en el corazón de la expresión fílmica.
Una batalla de formatos que va más allá de Nolan
Esta no es una discusión nueva, pero alcanza su punto más álgido con La Odisea justo ahora, cuando se ha verificado el alcance real del recorte y el número exacto de salas compatibles con el formato madre. La controversia enlaza con una tensión clásica en el cine contemporáneo: la obsesión por el avance tecnológico puede convertirse en pura vacía pretensión cuando la mayoría del público no puede experimentarlo. Así lo apuntaba El País en su crítica hace unos días, señalando que el asunto de los distintos formatos “dista mucho de la evolución, estando mucho más cerca de la vacua pretensión”.
El debate se amplifica si tenemos en cuenta que Nolan no está pidiendo un recorte a ciegas: la versión estándar ha sido supervisada para intentar mantener la esencia, pero es inevitable que se pierda el impacto de los planos abiertos en la gruta de Polifemo o la composición visual de los épicos paisajes narrados en la epopeya.
Una película fascinante a pesar de la polémica
Paradójicamente, casi todas las voces críticas coinciden en que, por debajo de la disputa técnica, La Odisea es una película sobresaliente. Calvo insiste en que la cinta funciona de manera poderosa una vez logras sumergirte en la historia. Su elogio a los momentos más alucinantes del metraje es rotundo: “La aparición de Polifemo, el alucinante viaje al Hades y, sobre todo, el momento de Circe… es increíble”.
También subraya el tono oscuro y el tenebrismo que Nolan imprime a una historia clásica. El director británico demuestra que sigue siendo un creador de imágenes imponentes, capaz de convertir un relato milenario sobre el regreso a Ítaca en una experiencia inquietante y moderna.
Esta modernidad, eso sí, tiene otra cara polémica. Porque más allá del formato, Nolan ha tomado otra decisión arriesgada: el lenguaje de sus héroes y dioses es actual. Lejos del griego antiguo o de cualquier solemnidad impostada, los diálogos fluyen con acentos americanos actuales y expresiones coloquiales que ya han provocado una auténtica lluvia de críticas. Personajes como el Telémaco de Tom Holland llaman “papá” a Odiseo, un detalle que ha irritado a los espectadores más puristas. El propio Nolan se justificaba explicando que buscaba una conexión emocional realista, aunque admitía que “quizá estaba siendo ingenuo”.
El futuro de la gran pantalla a debate
La conversación que ha abierto La Odisea tiene una importancia que va más allá de la cartelera de este verano. Plantea el eterno dilema entre la visión artística y la accesibilidad del público. Con casi 20 millones de euros de presupuesto lanzados sobre una mesa de producción que exige rentabilidad, hay una pregunta legítima en el aire: ¿se puede seguir filmando pensando exclusivamente en 41 salas de élite?
La odisea particular de los espectadores que salen del cine con la sensación de estar viendo una película formalmente incompleta no se resuelve con críticas positivas. Mientras esos cines no cuenten con la tecnología adecuada, la grandiosidad de la obra dependerá más del código postal del espectador que de su amor por el cine. La controversia, lejos de apagarse, suma una nueva capa a una película que sigue siendo, con sus luces y sombras, uno de los fenómenos cinematográficos del año.




