El último monólogo de América
El late night nació con una premisa implícita: el presentador podía permitirse llamar bufón al rey y seguir cobrando a fin de mes. Hoy, esa misma audacia produce la melancolía exacta de descubrir que el rey no sólo escuchaba, sino que tomaba notas. Esto es lo que está pasando con Stephen Colbert, quien hoy se pondrá al mando del último ‘The Late Show’.
Durante años he sido (y soy) de los que han seguido a través YouTube los late shows americanos. Ese europeo que se cree informado por consumir comedia política americana. Colbert ha sido un buen representante de ese humor típico americano que combina, entre otras cosas, lo absurdo y una mala leche bien afilada. Y quienes hemos visto cómo atiza al poder lo sabemos. Aunque, como siempre, atizando mucho más a unos que a otros.
Durante años, el late night estadounidense ocupó un lugar especial en la cultura popular: era masivo sin dejar de parecer sofisticado. Lo veía gente de mundos muy distintos, desde el trabajador anónimo del Medio Oeste hasta el lector habitual de revistas neoyorquinas, y todos podían reírse con el mismo chiste. Una forma de unir a los estadounidenses. Vendía complicidad envuelta en entretenimiento. Y lo hacía con una fórmula tan simple como poderosa.
Cuando reírse del rey era el oficio mejor pagado del reino
Hubo un momento, no hace tanto, en el que parecía que el género había alcanzado su madurez. Jon Stewart había convertido The Daily Show en la cátedra de Periodismo más influyente del país sin pisar una facultad. Letterman se despedía con la elegancia melancólica del que sabe que se va en el mejor momento. Y Colbert, llegado en 2015 desde The Colbert Report, recogía el testigo del Ed Sullivan Theater con la convicción de quien viene a hacer algo más que entretener.
Y lo hizo. Vaya si lo hizo. Durante años, su monólogo de apertura fue una pieza de relojería suiza: alrededor de ocho minutos de erudición, sarcasmo y oficio puro en los que destripaba la jornada política con una precisión que la prensa escrita ya no se podía permitir. Once temporadas. Un Emmy al Mejor Programa de Variedades en 2025. Una media de 2,7 millones de espectadores, líder destacado de su franja. Sobre el papel, la historia de un éxito redondo.
Sobre el papel.
El golpe: cómo Paramount convirtió una institución en un acta notarial
En julio de 2025, Paramount (que en ese momento ultimaba su fusión con Skydance, propiedad de los Ellison) anunció que The Late Show terminaría en mayo de 2026. La explicación oficial cabía en un párrafo de comunicado: decisión “puramente financiera”, caída estructural del late night, jóvenes consumiendo fragmentos en YouTube, anunciantes migrando al streaming. A nivel de estrategia corporativa, perfectamente racional.
Una estrategia más que lógica, pero a la vez curiosa. Porque el comunicado de Paramount llegó tres días después de que Colbert subiera a su mesa y calificara, ante varios millones de espectadores, de “gran soborno bien gordo” el acuerdo de dieciséis millones de dólares con el que la compañía había cerrado la demanda de Donald Trump contra 60 Minutes por una entrevista a Kamala Harris. Tres días. Hay coincidencias que parecen guion, y guiones que se hacen pasar por coincidencia. Aquí, sinceramente, cuesta distinguir cuál es cuál.
Tampoco ayuda al relato oficial el hecho de que Trump, fiel a su acreditada sobriedad institucional, celebrara la noticia en Truth Social con un mensaje en el que afirmaba literalmente que le encantaba que Colbert hubiera sido “despedido”. Uno entiende que un presidente de los Estados Unidos albergue opiniones sobre la parrilla televisiva. Lo que ya cuesta más procesar es que las haga públicas con la misma naturalidad con la que se comenta una previsión meteorológica. Pocas semanas después cayó brevemente Jimmy Kimmel, rescatado in extremis. Y el gremio entero de los presentadores nocturnos ha cerrado filas en torno a Colbert con esa solidaridad ligeramente desesperada de quienes empiezan a sospechar que la próxima rifa podría tocarles a ellos.
Lo que sabemos, lo que sospechamos y lo que conviene no fingir que sabemos
Reducido a su forma más simple, lo que ocurre esta noche es razonablemente claro. Un presentador crítico con el poder pierde su programa, en plena consolidación accionarial de la cadena que lo emite, pocos días después de haber llamado soborno a un soborno. El presidente celebra el desenlace por escrito. La empresa argumenta razones financieras con un tono algo más defensivo de lo recomendable. Y la audiencia, que no es tonta, ata cabos. Esa es la historia visible. La que cualquier observador medianamente honesto puede reconstruir con los datos públicos. Una historia, dicho sea de paso, suficientemente grave por sí misma como para no necesitar adornos.
Hasta aquí lo que sabemos.
Permítanme, llegados a este punto, dar un paso al lado y formular algo que me parece relevante. Cuando uno lleva muchos años mirando cómo funciona Hollywood, cómo se reparten sus focos, cómo ascienden ciertos nombres y caen ciertos otros, cómo se diseñan campañas que parecen espontáneas y rebeldías que llegan justo cuando hacen falta, aprende a desconfiar del primer plano. No de los protagonistas necesariamente, sino del encuadre. Del hecho mismo de que haya encuadre.
Porque hay algo que la experiencia enseña con paciencia: en este tipo de industrias, las cosas casi nunca son sólo lo que parecen. Y casi nunca son sólo lo contrario tampoco. Suelen ser, simultáneamente, ambas cosas. La épica del represaliado puede ser exactamente eso, una épica del represaliado, honesta y descarnada, y entonces lo correcto es indignarse. Puede ser también, en otros casos, parte de una coreografía más amplia diseñada por intereses que nunca aparecen en los créditos. Y puede ser, en los casos más frecuentes, una mezcla incómoda de las dos cosas, con actores que creen estar improvisando mientras alguien, en algún despacho que ningún periodista conoce, sonríe ante la previsibilidad del guion.
¿En cuál de esas categorías encaja lo de Colbert? No lo sé. Sinceramente, no lo sé. Y desconfío profundamente de quien, esta noche, asegure saberlo. Lo más probable, lo razonable, es que sea exactamente lo que parece: un humorista al que un conglomerado en plena maniobra política se quita de encima por molesto. Ojalá sea sólo eso. Probablemente lo sea. Pero quien haya leído un poco sobre cómo se han movido históricamente las grandes piezas del entretenimiento estadounidense sabe que en este tablero las certezas son siempre el primer síntoma de la ingenuidad. Hay capas. Hay intereses que jamás aparecen en pantalla. Hay decisiones que se toman muy lejos de donde se ejecutan.
Mantener la duda abierta es la única posición intelectualmente honesta cuando uno habla del cruce entre poder y entretenimiento en Hollywood. Y que quien la cierra demasiado rápido en cualquiera de las dos direcciones, suele estar trabajando, sin saberlo o sabiéndolo, para alguno de los bandos del decorado.
Quien tenga ojos para ver, ya sabe a qué encuadre conviene mirar de reojo. Quien no, seguirá creyendo que esto va sólo de izquierda contra derecha.
La prensa que descubre el casino
Hay algo profundamente revelador, y nada halagüeño, en el modo en que la prensa progresista estadounidense está recibiendo esta cancelación. Las mismas plumas que durante años defendieron, con razón o sin ella, la independencia editorial frente a las presiones del poder político descubren ahora, con escándalo conmovedor, que los conglomerados mediáticos pueden ser instrumentos del poder ejecutivo. Bienvenidos. Que esta evidencia, conocida en cualquier facultad de Periodismo desde mediados del siglo pasado, llegue por fin envuelta en titulares de indignación tiene algo cómicamente tardío: como descubrir el casino justo la noche en que se pierde la apuesta.
El entretenimiento, ese viejo bufón de corte al que tanto le debemos, ha funcionado durante la historia reciente como una de las herramientas más eficaces jamás diseñadas para controlar a la audiencia. Decide de qué se ríe el país, sobre qué se enternece, a quién compadece y a quién entrega plácidamente al desprecio colectivo. Los late shows han sido, durante décadas, piezas centrales de esa ingeniería: a veces brillantes, a veces críticos en serio y otras (seamos honestos) meros departamentos de relaciones públicas del poder. Que ahora uno de ellos sea derribado con el aplauso del presidente y la sumisión administrativa del consejo de Paramount es una noticia relevante. Pero no exactamente por las razones que se están contando. Lo es porque obliga a mirar, aunque sea de soslayo, el mecanismo completo: quién paga, quién decide, quién protege a quién mientras conviene, a quién deja caer cuando deja de convenir y, sobre todo, qué intereses no aparecen jamás en el reparto pero firman, siempre, el contrato definitivo.

Lo que se pierde y lo que queda
Dicho todo lo anterior, esta noche se consuma un ejercicio de censura que no es admisible. Colbert ha tenido grandes momentos a lo largo de estos años (con independencia de su enorme sesgo y de que te guste más o menos su forma de hacer humor). Su programa ha sido, como la mayoría de los late shows, un descanso mental honesto. Y eso es exactamente lo que el entretenimiento debería ofrecernos siempre y casi nunca ofrece: no una huida de la realidad, que sería deserción, sino una pausa lúcida desde la que regresar a ella con la cabeza algo más despejada.
Esa función, la noble, la antigua, la del bufón que dice al rey lo que nadie se atreve a decirle, lleva tiempo degradándose hasta convertirse en otra cosa bastante menos digna: una maquinaria de validación tribal en la que el público aplaude lo que ya pensaba antes de sentarse en el sofá, y en la que el bufón descubre, llegado el momento, que su licencia para criticar al monarca incluía una letra pequeña redactada por abogados que él jamás vio. Esta noche se la leen a Colbert en directo. Mañana le tocará a otro. Pasado, muy posiblemente, a alguno de los que hoy aplauden la noticia desde el otro lado del tablero, convencidos de que el péndulo no regresa jamás.
El péndulo siempre regresa. Es, si uno se molesta en mirarla bien, la única ley auténticamente estable de este negocio.
Una vez más, el poder controla el entretenimiento
Colbert se despedirá esta noche con algo “sencillo”, según ha anticipado él mismo. Supongo que intentarán hacer un gran espectáculo. Lo que supongo que no sucederá es que alguien tenga la valentía de dejar caer una pregunta que de verdad importa esta noche y que casi nadie está formulando: no quién ha apagado las luces, sino para quién, y desde cuándo se estaba representando el espectáculo entero.
Esa pregunta no la responderán. Pero podemos hacernos una idea.

Ricardo Ducazcal es el editor y fundador de ActualTV, que fundó en 2018. Cubre la actualidad de la industria audiovisual y cultural con un enfoque editorial que combina la dimensión empresarial del entretenimiento (estrategias, movimientos corporativos y modelos de negocio) con su impacto creativo y cultural. Su trabajo se centra en ofrecer contexto, análisis y criterio propio sobre las tendencias que marcan el presente y el futuro del sector.
