‘El alma al aire’ tenía casi todo a su favor para convertirse en uno de los grandes musicales de la temporada. Las canciones de Alejandro Sanz, una productora acostumbrada a llenar los teatros de la Gran Vía, un equipo creativo internacional y una puesta en escena de gran formato. Sin embargo, el espectáculo que se estrenó el pasado 1 de octubre en el Teatro Ocaso Coliseum de Madrid también ha dejado al descubierto un problema que ni la nostalgia ni el dinero pueden resolver: tener grandes canciones no significa tener un gran musical.
Las primeras críticas y opiniones publicadas dibujan un panorama más complejo que el entusiasmo promocional. Aunque abundan las valoraciones favorables, varias reseñas coinciden en cuestionar el argumento, la integración de determinadas canciones y el desigual desarrollo de la función. El resultado es una producción que puede impresionar por sus recursos técnicos, pero cuya historia no siempre está a la altura de la música que pretende sostenerla.
La cuestión adquiere especial relevancia porque no estamos ante un estreno cualquiera. Stage Entertainment, responsable de éxitos como El Rey León y Aladdín, ha dedicado cuatro años a desarrollar su primera gran producción musical original en España. Una apuesta considerable que merece ser juzgada con la misma exigencia que despierta.
Un argumento previsible que desaprovecha el potencial de la música de Alejandro Sanz
Uno de los principales reproches al espectáculo tiene que ver con la historia. La acción se desarrolla en un pueblo pesquero ficticio de Cádiz, donde la llegada de una promotora inmobiliaria madrileña y sus hijas altera la tranquilidad de sus habitantes. A partir de ahí aparecen el romance entre jóvenes de mundos diferentes, los conflictos familiares, los sueños por cumplir y la defensa de las raíces frente a la especulación urbanística.
El problema no es que la historia sea sencilla, sino que su desarrollo resulta excesivamente reconocible. Los conflictos responden a fórmulas narrativas explotadas hasta la saciedad y buena parte de las situaciones parecen concebidas para llegar a la siguiente canción más que para profundizar en los personajes.
Gran parte de la crítica identifica una debilidad de fondo: el espectáculo no aprovecha todas las posibilidades dramáticas de las canciones.
Así, señalan que la historia rara vez se aventura hacia terrenos inesperados, pese a reconocer su atractivo visual.
La conclusión que se desprende de estas objeciones es incómoda para una producción de semejante ambición: ‘El alma al aire’ parece apostar por no incomodar a nadie, incluso a costa de renunciar a una historia verdaderamente memorable.
Canciones metidas con calzador: el mayor problema del musical
La dificultad de construir un musical a partir de canciones que ya existían era evidente desde el principio. Las letras de Alejandro Sanz no fueron escritas para estos personajes ni para los conflictos que protagonizan. Era necesario construir un relato capaz de dotarlas de una nueva función dramática.
Y es precisamente ahí donde aparecen algunas de las críticas más concretas.
Hay problemas en determinadas escenas, diálogos y transiciones musicales.
La aparición de Aprendiz después de una revelación sobre dos personajes resulta demasiado abrupta. Por su parte, Mi persona favorita se utiliza en una escena de karaoke que aportan poco al desarrollo narrativo. También cuestiona un popurrí de la segunda parte por la acumulación excesiva de canciones.
Estas observaciones apuntan a una contradicción importante. El musical necesita constantemente demostrar que sus canciones encajan en la historia cuando debería ser la propia historia la que las hiciera inevitables.
Hay momentos en los que ese mecanismo funciona. En otros, la sensación es la de asistir a una sucesión de éxitos musicales interrumpidos por escenas encargadas de llevar al espectador hasta el siguiente estribillo.
Y cuando una canción parece más necesaria para contentar al admirador de Alejandro Sanz que para hacer avanzar la acción, el espectáculo corre el riesgo de convertirse en un recopilatorio de grandes éxitos con decorados caros.
Una primera parte floja que obliga al espectáculo a remontar
Otra debilidad que aparece en varios análisis es el desequilibrio entre los dos actos. El montaje termina mostrando más fuerza en su segunda mitad, mientras que el arranque se apoya en situaciones convencionales y tarda en desplegar sus momentos más interesantes.
Afirman que el musical es «muy previsible», considerando floja su primera parte y esperando bastante más del conjunto.
Más allá de cuestiones técnicas puntuales, el diagnóstico de fondo resulta relevante. Una producción de dos horas y media no debería necesitar buena parte de su recorrido para empezar a demostrar todo su potencial. Y menos todavía cuando llega rodeada de grandes expectativas.
Una escenografía espectacular que deja en evidencia al libreto
Paradójicamente, uno de los grandes aciertos de El alma al aire termina exponiendo con mayor claridad sus carencias.
La escena de la tormenta, protagonizada por Inma ‘La Carbonera’ como personificación del viento de Levante, se ha convertido en el momento más destacado de numerosas reseñas. El flamenco, la danza, la iluminación y la lluvia real sobre el escenario consiguen una intensidad que buena parte del resto del espectáculo no alcanza.
El contraste plantea una pregunta inevitable: si la producción es capaz de ofrecer una secuencia de semejante fuerza, ¿por qué no se permite arriesgar más durante el resto de la función?
Es precisamente cuando se aleja de los convencionalismos narrativos cuando el musical parece encontrar una identidad verdaderamente propia. La personificación del viento, el componente mágico y la fuerza del flamenco abren posibilidades mucho más sugerentes que el romance previsible sobre el que descansa buena parte del relato.
Sin embargo, esas posibilidades no terminan de dominar la propuesta.
El problema de fondo: la nostalgia no puede sustituir a una buena historia
Sería injusto negar los méritos artísticos de El alma al aire. Las reseñas destacan de manera bastante consistente la calidad vocal del reparto, la orquesta en directo, los arreglos musicales y la espectacularidad visual. También hay espectadores que han salido encantados del Coliseum, como reflejan las valoraciones favorables publicadas en Teatro Madrid y Entradas.com.
Pero una buena ejecución musical no debería servir para disculpar un libreto que no termina de explotar su potencial. Esa es la principal debilidad que emerge de las críticas más exigentes.
Para un admirador incondicional de Alejandro Sanz, escuchar Corazón partío, Amiga mía, Cuando nadie me ve o El alma al aire interpretadas por un reparto solvente puede justificar la entrada. El problema aparece cuando se exige al espectáculo algo más que el reconocimiento emocional de unas canciones.
El musical tiene los recursos, el repertorio y los intérpretes necesarios para aspirar a mucho más. Lo que no parece tener siempre es la valentía narrativa para ponerse a la altura de esas posibilidades.
Stage Entertainment ha querido presentar El alma al aire como una gran apuesta por la creación musical original en España. Una iniciativa que merece reconocimiento, pero que también obliga a elevar el nivel de exigencia. No basta con levantar una producción técnicamente ambiciosa ni con reunir canciones que millones de personas conocen de memoria.
El verdadero reto era conseguir que el público recordase también la historia cuando terminara de sonar la música. Y ahí es donde el espectáculo encuentra sus mayores dificultades.
Puede que El alma al aire emocione a quienes acudan buscando reencontrarse con Alejandro Sanz. Pero, desde una mirada teatral más exigente, deja una sensación difícil de ignorar: la de una producción que dispone de casi todo para ser extraordinaria y que, demasiado a menudo, se conforma con resultar agradable.
Mucho despliegue, grandes canciones y una historia que merecía bastante más ambición. Ese es el reproche más serio que puede hacérsele a un musical que aspira a convertirse en uno de los grandes títulos de la Gran Vía.



