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Coyote vs. Acme demuestra que Warner Bros. se equivocó al apartar una película que entiende el humor del personaje

Coyote vs. Acme llega a los cines tras ser apartada por Warner Bros. y reivindica el humor clásico del personaje.

Hay películas que llegan a los cines con una campaña millonaria detrás y otras que tienen que sobrevivir primero a los despachos. Coyote vs. Acme pertenece a la segunda categoría: terminada desde 2023, apartada por Warner Bros. y rescatada finalmente para su estreno comercial, la nueva aventura de los Looney Tunes se presenta como una rareza industrial antes incluso de que empiece la proyección. Lo más llamativo es que, una vez vista como película y no como expediente financiero, tiene suficientes ideas, ritmo y sentido del humor para reivindicar su existencia.

La cinta llegará a los cines de Estados Unidos a finales de agosto y se estrenará en España el 18 de septiembre. Su recorrido hasta las salas ha sido tan accidentado que casi amenaza con convertirse en el verdadero argumento de la película. Warner Bros. llegó a plantearse no estrenar el proyecto y utilizarlo como pérdida fiscal, una decisión que la situó junto a títulos como Batgirl o Scoob! Holiday Haunt, producciones que tampoco encontraron una salida comercial convencional.

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Una demanda contra ACME con más recorrido del esperado

La premisa parte de una pregunta tan sencilla como eficaz: ¿y si el Coyote no fuera el único responsable de sus continuos fracasos? Durante décadas, el personaje ha utilizado los productos de ACME para atrapar al Correcaminos, solo para acabar víctima de cohetes defectuosos, trampas imposibles y explosivos con una preocupante tendencia a volverse contra él. Coyote vs. Acme convierte esa vieja broma en el punto de partida de una comedia judicial.

Después de uno de sus accidentes, el Coyote decide enfrentarse a la empresa y reclamar responsabilidades. Para ello cuenta con la ayuda del abogado Kevin Avery, interpretado por Will Forte, mientras Buddy Crane, el ejecutivo de ACME al que da vida John Cena, representa el rostro de una compañía dispuesta a proteger su negocio a cualquier precio.

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El planteamiento funciona porque no intenta convertir al personaje en alguien distinto. El Coyote sigue siendo obstinado, impulsivo y víctima de su propia mala suerte, pero ahora dispone de un conflicto que permite prolongar sus gags más allá de una persecución de pocos minutos. La película amplía el universo del personaje sin desactivar aquello que lo hace reconocible.

El slapstick sigue siendo el gran motor

La película no necesita reinventar la comedia física para demostrar que todavía puede funcionar. Golpes, accidentes, artefactos que fallan en el peor momento y planes que se desmoronan forman parte de una tradición que los Looney Tunes dominan desde hace generaciones. La diferencia está en cómo se integran dentro de una historia con estructura de película, en lugar de aparecer como una sucesión aislada de sketches.

El resultado es irregular en algunos momentos, pero rara vez pierde energía. El guion mantiene una narración accesible y apuesta por una división muy clara entre los intereses del Coyote y los de la compañía. Esa sencillez puede parecer poco sofisticada, aunque también permite que la película conserve un tono familiar sin renunciar a ciertas bromas dirigidas a espectadores adultos.

Uno de sus aciertos más simpáticos está en la comunicación del protagonista. El Coyote no necesita convertirse en un personaje parlanchín para sostener una película completa: sus gestos, sus reacciones y los carteles que utiliza para expresarse son suficientes para convertir cada escena en una extensión de su personalidad. Esa decisión respeta la esencia del personaje y evita que el componente humano termine robándole todo el protagonismo.

Una aventura que entiende mejor a los Looney Tunes que sus últimos intentos

La presencia de otros personajes de la franquicia funciona principalmente como acompañamiento y guiño, no como una excusa para llenar la pantalla de apariciones. Ese equilibrio resulta importante después de una etapa en la que algunas producciones de los Looney Tunes parecían más preocupadas por exhibir la marca que por construir una historia propia.

En ese sentido, Coyote vs. Acme sale mejor parada que Space Jam: Nuevas leyendas, cuyo peso recaía en la herencia de la saga, los cameos y la lógica de producto corporativo. Aquí hay una premisa autónoma y un conflicto que puede entenderse incluso sin conocer al detalle la historia del Coyote y el Correcaminos. La película no depende de la nostalgia, aunque sí sabe utilizarla.

También ayuda que el tono no busque una épica innecesaria. La amenaza no es salvar el universo ni ganar un campeonato, sino demostrar que una empresa ha estado fabricando productos peligrosos. Esa escala más pequeña permite que el humor y la relación entre los personajes ocupen el centro de la función.

El CGI le quita parte del encanto clásico

La principal objeción está en el apartado visual. La integración entre los personajes animados y los intérpretes reales es funcional, especialmente en las interacciones y la iluminación, pero el acabado digital no siempre consigue reproducir la expresividad de los dibujos originales. El Coyote y el resto de personajes aparecen mayoritariamente construidos en CGI con cel shading, una elección que busca acercarse al cartoon y que, sin embargo, en algunos planos transmite cierta rigidez.

El problema no es que la película utilice efectos digitales, sino que esa estética parece menos viva que el 2D que define a los Looney Tunes. Los modelos encajan en el mundo físico, pero no siempre conservan la elasticidad visual de una animación dibujada. Algunas sombras y movimientos subrayan esa distancia, sobre todo cuando la película recuerda lo que podría haber ganado con una apuesta bidimensional más marcada.

Ahí aparece la comparación inevitable con Looney Tunes: De nuevo en acción, una película que mezclaba imagen real y animación tradicional con una personalidad visual todavía muy reconocible. Coyote vs. Acme no fracasa por su CGI, pero sí pierde una oportunidad de recuperar el aspecto más irreverente y artesanal de la franquicia.

Una película que merecía algo más que un limbo corporativo

El largo camino hasta el estreno condiciona su recepción. Es difícil no pensar en el equipo que trabajó durante años en una película que estuvo a punto de desaparecer sin que el público pudiera juzgarla. También resulta inevitable preguntarse cuántos proyectos terminados quedan atrapados cuando las decisiones empresariales pesan más que la posibilidad de encontrarles un público.

La intervención de Ketchup Entertainment permite que esta producción tenga finalmente una oportunidad en salas. No es una obra maestra de la animación híbrida ni una revolución para los Looney Tunes, pero sí una comedia con una idea central sólida, un reparto humano bien escogido y suficiente respeto por sus personajes para funcionar como entretenimiento familiar.

Coyote vs. Acme no necesitaba ser perfecta para justificar su estreno. Le bastaba con demostrar que había una película detrás del titular sobre su cancelación. Y la hay: una aventura divertida, con una lectura industrial involuntaria y un Coyote capaz de sostener el peso de un largometraje. Su animación CGI le resta encanto, pero no consigue borrar el dato más importante: Warner Bros. estuvo a punto de esconder una de las propuestas más aprovechables de los Looney Tunes en años.

Gonzalo Pérez
Gonzalo Pérezhttps://actualtv.es
Gonzalo Pérez es redactor de ActualTV especializado en redes sociales, comunicación digital y tendencias de consumo audiovisual. Su trabajo analiza cómo las plataformas sociales, los creadores de contenido y las nuevas comunidades digitales están transformando la manera en que se descubre, comenta y consume el entretenimiento. En ActualTV escribe sobre redes sociales, estrategias digitales, fenómenos virales, creadores, plataformas y su influencia en la televisión, el streaming y la cultura audiovisual. Su enfoque combina actualidad, análisis de tendencias y contexto para explicar cómo la conversación digital impacta en los programas, las marcas de entretenimiento y las audiencias en España.
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