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El verdadero negocio del videopódcast español: quién se queda con el dinero de las marcas

El videopódcast atrae a marcas, agencias y plataformas, pero su negocio sigue sin medirse como un mercado único. Analizamos quién vende y controla esa audiencia.

El videopódcast español tiene una particularidad económica: se produce como un programa audiovisual, se distribuye como contenido de plataformas y se vende a los anunciantes por vías que no siempre figuran en las estadísticas del pódcast. Una marca puede pagar por una mención del presentador, patrocinar una temporada, contratar una producción propia o comprar anuncios alrededor del mismo episodio. Es dinero que llega desde presupuestos diferentes y no necesariamente termina en las mismas manos.

La discusión cobra actualidad este 20 de octubre, cuando Spotify abre en España su programa de remuneración para videopódcasts, dos días antes de que Podcast Days reúna en Madrid a creadores, productoras, plataformas y anunciantes. Pero la entrada de Spotify no explica por sí sola el mercado. La cuestión industrial es quién comercializa la relación de un programa con su audiencia, quién controla su distribución y quién conserva el valor creado cuando termina la campaña.

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Las cifras disponibles permiten reconstruir esa disputa, aunque no calcular la facturación total del videopódcast español. De hecho, una de las conclusiones más relevantes es que el dinero que sostiene estos formatos no aparece reunido en ninguna de las partidas publicitarias habitualmente citadas.

El videopódcast se financia desde varias partidas que las estadísticas mantienen separadas

El Estudio de Inversión Publicitaria en Medios Digitales 2026, elaborado por IAB Spain y PwC, cifra en 144,4 millones de euros la inversión en audio digital durante 2025. Los pódcasts representan el 8,3% de esa cantidad: unos 12 millones de euros, según el cálculo de ActualTV sobre los porcentajes publicados. El dato creció un 27% respecto al año anterior.

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Sin embargo, en el mismo informe la categoría de influencers alcanza 158 millones de euros y la de branded content, 115 millones. El vídeo publicitario dentro de display suma otros 535,2 millones. No son cuatro partes que puedan agregarse para obtener el tamaño del videopódcast: cada una engloba muchos otros formatos y responde a una metodología distinta. Lo revelador es que un videopódcast puede recibir inversión de varias de ellas sin que la contabilidad pública permita aislarla.

Una integración comercial negociada con un creador puede parecerse más a una campaña de influencia que a un anuncio de audio. Una serie conversacional encargada por un banco a una productora puede presupuestarse como contenido de marca. Y el anuncio servido por una plataforma junto a un episodio pertenece a otra lógica comercial. A efectos del espectador puede ser el mismo programa; para la agencia que distribuye el presupuesto, son productos diferentes.

La segunda ola del estudio de IAB Spain, publicada el 1 de octubre, anticipa para 2026 un crecimiento del 21,3% al 27,3% del audio digital y del 10,5% al 17,5% de la inversión en influencers. Son previsiones para categorías amplias, no para el videopódcast. Utilizarlas como si anticiparan su facturación sería repetir el error de mezclar mercados que se solapan comercialmente, pero no son equivalentes estadísticamente.

Publiespaña e iVoox muestran dónde se está organizando el negocio: en la venta a los anunciantes

Uno de los movimientos más ilustrativos del mercado español no lo ha protagonizado un creador, sino una comercializadora de publicidad televisiva. En febrero de 2025, Publiespaña, la filial comercial de Mediaset, incorporó iVoox a su oferta para anunciantes. La compañía presentó entonces un inventario de más de cinco millones de oyentes únicos al mes y más de 75 millones de escuchas mensuales, cifras comunicadas en aquel momento por los socios del acuerdo.

La trascendencia de la operación no depende de esas magnitudes aisladas. Un catálogo de pódcasts pasó a venderse dentro de una estructura comercial acostumbrada a negociar con agencias y grandes marcas, junto con televisión, soportes digitales y acciones especiales. El valor industrial de la audiencia no procede únicamente de su tamaño: también de la capacidad de convertirla en una oferta comprable, segmentable y medible para un anunciante.

La alianza ha servido además para elaborar el Observatorio iVoox 2026. Entre los 53 profesionales de agencias y anunciantes consultados, tres de cada cuatro ya invierten en pódcasts y el 21% adicional declara su intención de hacerlo. Es una fotografía de ese grupo profesional, no una estimación representativa de todos los anunciantes españoles. El estudio también entrevistó a 3.164 oyentes, por lo que conviene distinguir las opiniones de los compradores de publicidad de las de los consumidores.

Hay una tensión interesante en los resultados: el 57% de los profesionales consultados señala el pódcast como el entorno digital que más confianza le merece para la reputación de las marcas, frente al 11% que elige YouTube y los videopódcasts. No significa que la publicidad en vídeo funcione peor ni permite generalizar una preferencia a todo el mercado. Sí plantea una pregunta comercial relevante: si la confianza en la voz y en el formato especializado es uno de los activos que buscan las marcas, ¿hasta qué punto la expansión visual multiplica ese valor y hasta qué punto lo transforma?

Ese dilema importa porque el atractivo para los anunciantes no es solo colocar un anuncio delante de una audiencia joven. También es comprar la capacidad de prescripción de un presentador, la afinidad con una comunidad o la legitimidad temática de un programa. Son atributos difíciles de replicar mediante una compra automática de impresiones.

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Una mención del presentador, un anuncio automático y un programa de marca no venden lo mismo

La industria ofrece bajo el paraguas del pódcast productos comerciales con grados muy distintos de implicación editorial. Una inserción publicitaria gestionada por plataforma vende acceso a una audiencia bajo determinadas condiciones de segmentación y distribución. Una mención pactada con quien conduce el programa añade su voz y su vínculo con los seguidores. Un videopódcast producido para una marca ya no se limita a prestar un espacio: la empresa financia una pieza de contenido que sirve a sus objetivos de comunicación.

La diferencia puede comprobarse sin recurrir a estimaciones de ingresos. Santander Open Academy dispone de una oferta de videopódcasts sobre trabajo, tecnología, bienestar y futuro dentro de su propio entorno de contenidos. En una producción así, el papel económico de la marca es distinto al del patrocinador que compra treinta segundos en un programa ajeno: puede utilizar el formato como una línea de contenido propia. Eso no prueba cuál es su retorno publicitario, pero sí identifica quién impulsa la producción y con qué finalidad.

El otro extremo es el programa independiente que trata de mantener una relación con los anunciantes sin perder su autonomía editorial. La comercialización directa permite acordar patrocinios, categorías de exclusividad y piezas específicas para redes. También obliga a resolver quién aprueba los mensajes, cómo se distingue la publicidad del contenido y qué sucede si el anunciante quiere intervenir en el tono del programa. Cuanto más se paga por la personalidad del creador, más delicado resulta convertir esa personalidad en un soporte comercial sin erosionar la razón por la que el público le sigue.

La evolución de las herramientas publicitarias confirma la importancia de ese espacio. Spotify anunció en enero de 2026 funciones para gestionar y sustituir menciones patrocinadas en episodios de vídeo. No es un detalle técnico menor: facilita renovar campañas en un catálogo que continúa acumulando consumo después del estreno. Un episodio puede conservar audiencia durante meses; la integración comercial, en cambio, tiene fechas, mensajes y condiciones contractuales.

Spotify, YouTube y Podimo compiten también por quién monetiza la relación con el público

La entrada del Spotify Partner Program en España añade dos vías para creadores que cumplan los requisitos: participación en los ingresos reconocidos por determinados anuncios y remuneración del vídeo consumido por usuarios Premium mediante una fórmula de la plataforma. Spotify fija en el 50% la parte correspondiente al creador en los ingresos publicitarios reconocidos en ese programa. Eso no equivale al 50% del dinero total que factura un videopódcast, y la retribución del vídeo Premium no tiene una tarifa pública universal por reproducción.

Hay otra distinción reveladora: Spotify explica que los vídeos acogidos al programa pueden quedar libres de anuncios dinámicos para los usuarios Premium, mientras se mantienen los patrocinios incorporados por sus creadores. La propia plataforma reconoce así que la publicidad vendida automáticamente y la integración negociada alrededor del contenido son negocios distintos, incluso cuando conviven en un mismo episodio.

YouTube se está moviendo en una dirección complementaria. En septiembre anunció nuevas herramientas para facilitar las propuestas y acuerdos entre anunciantes y creadores desde YouTube Studio. Su apuesta no consiste únicamente en compartir ingresos de anuncios: también pretende intervenir en el mercado de colaboraciones que antes se negociaban fuera de la plataforma. No se trata de afirmar que todos esos instrumentos estén ya implantados en España, sino de identificar la dirección comercial anunciada.

Podimo representa otra lógica: remunera a creadores a partir de suscripciones y desarrolla acuerdos de contenido exclusivo. Según sus condiciones, los exclusivos no llevan publicidad, mientras que los programas abiertos pueden conservar los anuncios incluidos en su distribución. Su prioridad comercial no es vender cada reproducción a una marca, sino lograr que el contenido tenga suficiente atractivo para sostener o captar suscriptores.

El resultado es una competencia más compleja que una guerra por acumular episodios. YouTube busca reunir descubrimiento, consumo y acuerdos con marcas; Spotify combina publicidad, consumo de vídeo y herramientas comerciales; Podimo apuesta por el valor de catálogo y la suscripción; y grupos como Mediaset comercializan audiencias de pódcast dentro de carteras publicitarias más amplias. Cada intermediario intenta capturar una parte distinta de la cadena de valor.

La prueba pendiente: demostrarle al anunciante qué está comprando

El gran obstáculo para convertir el videopódcast en una categoría publicitaria bien definida no es la ausencia de formatos comerciales, sino su medición conjunta. Un programa puede acumular reproducciones del episodio largo en YouTube, escuchas de audio, consumo de vídeo en Spotify, clips en TikTok e Instagram y distribución pagada de fragmentos. Esas cifras no se pueden sumar y presentar como personas alcanzadas: una misma persona puede aparecer varias veces, y una reproducción breve no implica la misma exposición que seguir una conversación entera.

Para una marca importa además qué recibió a cambio del dinero: cobertura incremental, atención, recuerdo publicitario, asociación con el creador, visitas, ventas o acceso a un público al que no llega por otros canales. No todos esos objetivos se resuelven con una misma métrica. Una campaña de notoriedad puede exigir un estudio de recuerdo; una orientada a resultados necesitará otros mecanismos de atribución. El reto para productoras y representantes es defender el valor del contenido sin esconderlo detrás de cifras agregadas poco comparables.

La posición de quien vende también cambia según el contrato. Un creador que conserva el programa, sus canales y sus derechos puede negociar campañas sucesivas e incluso licenciar el formato. Una productora contratada para un contenido corporativo obtiene ingresos por el encargo, pero la titularidad y explotación posterior dependen de lo pactado. Y una plataforma que controla la relación con el usuario posee una ventaja en distribución y medición que no implica necesariamente ser dueña del contenido. Los derechos, los datos de audiencia y la capacidad de vender una segunda temporada importan tanto como el patrocinio de la primera.

Por eso la expansión del videopódcast español no debería medirse solo por nuevos lanzamientos o por las cifras de consumo que anuncian las plataformas. Lo decisivo para la industria será saber quién consigue convertir esa atención en inversión estable, quién puede acreditar resultados ante las marcas y cuánto poder conserva el creador frente a sus distribuidores y comercializadores. Spotify añade desde hoy otra posibilidad de ingresos; la batalla comercial ya estaba en marcha.

Pedro Fuentes
Pedro Fuentes
Pedro Fuentes es periodista y redactor de ActualTV especializado en televisión, series, entretenimiento y plataformas de streaming. Licenciado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Cubre estrenos, renovaciones, cancelaciones, programación, realities, formatos de prime time, novedades de plataformas y actualidad audiovisual en España. Ha trabajado en distintas revistas y periódicos digitales españoles, donde ha seguido la evolución de la televisión tradicional, el auge del streaming y los cambios en la forma en que el público consume contenidos de entretenimiento. En ActualTV combina actualidad, contexto y análisis para explicar qué series, programas y plataformas están marcando la conversación audiovisual.
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