Durante demasiado tiempo, la crisis de Mediaset España se ha explicado pronunciando una sola palabra: Telecinco. Era cómodo. Telecinco perdía audiencia, Telecinco cambiaba sus tardes, Telecinco estrenaba otro programa, Telecinco recuperaba otro formato y Telecinco volvía a empezar.
El problema es que Telecinco ya no basta para explicar lo que ocurre.
Mediaset ha terminado la temporada 2025-2026 con un 23,3% de cuota conjunta y una caída de 1,4 puntos, la mayor entre los tres grandes operadores. Atresmedia lidera con un 25,6%, pese a disponer de un canal menos. Cuatro ha conseguido mejorar y convertirse en la gran excepción del grupo, pero ni siquiera su mejor temporada en ocho años consigue alterar la fotografía general.
La fotografía es la de un grupo audiovisual que lleva más de tres años anunciando cambios mientras pierde relevancia.
Eso ya no es una mala parrilla. Es una deriva.
Mediaset lleva tres años inaugurando nuevas etapas
La salida de Paolo Vasile a finales de 2022 podía entenderse como el comienzo inevitable de otro Mediaset. Habían terminado 23 años de una dirección extraordinariamente personalista que, para bien y para mal, había construido una televisión perfectamente reconocible.
Desde entonces, pocas expresiones se han utilizado tanto como “nueva etapa”.
En septiembre de 2023, Alessandro Salem presentó oficialmente una “nueva Telecinco”, con nuevos programas, nueva imagen y la promesa de una programación más variada y familiar.
No funcionó.
Después llegaron nuevos responsables, nuevas estrategias de contenidos y otra reorganización. Alberto Carullo regresó al grupo como director general de Contenidos a comienzos de 2025. En diciembre de ese mismo año, Mediaset anunció otra renovación de Antena y Marketing y contrató a Unai Iparragirre para dirigir la programación.
Iparragirre ha dimitido ocho meses después.
No es justo convertir una dimisión individual en prueba definitiva de nada. Sí resulta bastante más significativo cuando ocurre dentro de una compañía que lleva años retocando su estructura mientras sus resultados televisivos empeoran. Su marcha vuelve a dejar la sensación que acompaña a Mediaset desde hace demasiado tiempo: alguien está siempre llegando para iniciar el siguiente intento.
Una empresa puede cambiar de estrategia.
Lo preocupante es necesitar una nueva estrategia antes de que la anterior haya tenido tiempo siquiera de convertirse en una.
El problema no es que Telecinco vaya mal. El problema es el conjunto
Telecinco ha terminado con un 8,9%, su peor temporada histórica, y durante todo el curso no ha conseguido alcanzar el 10% mensual. Es el dato más llamativo, pero utilizarlo como único argumento sería quedarse corto.
Mediaset en conjunto ha caído hasta el 23,3%.
Cuatro crece hasta el 6,1% y ha conseguido superar a laSexta. Es un éxito evidente y merece ser reconocido precisamente porque vuelve más incómoda la pregunta.
Si Cuatro puede crecer en la misma televisión lineal que supuestamente está muriendo, ¿por qué el conjunto de Mediaset es el operador que más audiencia pierde?
RTVE también ha crecido. Antena 3 mantiene una estructura enormemente estable. La 2 ha encontrado nuevos espacios de conversación. No existe una conspiración tecnológica que provoque que el espectador abandone solamente las cadenas de Mediaset.
La televisión tradicional pierde consumo y necesita transformarse. Eso es cierto.
También es cierto que unos operadores están gestionando esa transformación bastante mejor que otros.

Una compañía que ha cambiado demasiadas cosas sin cambiar lo fundamental
El Mediaset posterior a Vasile ha intentado casi todo.
Ha suavizado Telecinco. Ha roto con productoras históricas. Ha recuperado formatos. Ha sustituido programas. Ha movido presentadores. Ha reformulado mañanas y tardes. Ha llevado espacios de una cadena a otra. Ha apostado de nuevo por realities conocidos. Ha buscado nuevas caras y después ha vuelto a las antiguas.
La propia ruptura con La Fábrica de la Tele simbolizó aquella intención de cerrar una etapa y construir otra. Era una decisión empresarial legítima. El problema es lo sucedido después: el grupo destruyó una identidad muchísimo más rápido de lo que consiguió construir la siguiente.
Aquella Telecinco podía generar rechazo, pero generaba algo todavía más valioso para una televisión comercial: hábito.
Mediaset sabía fabricar mundos propios. Un personaje que aparecía en un reality podía alimentar una mañana, una tarde y un prime time. Un programa generaba rostros para el siguiente. Una ficción creaba estrellas. Una polémica atravesaba toda la parrilla.
El modelo podía resultar agotador, pero era un modelo.
Lo actual se parece demasiado a una colección de soluciones provisionales.
Los despachos también transmiten provisionalidad
La sensación no se limita a la parrilla.
Desde la marcha de Vasile, la estructura corporativa ha sufrido numerosos movimientos. Borja Prado abandonó la presidencia a finales de 2023. Cristina Garmendia asumió posteriormente el puesto y dejó la presidencia en marzo de 2026. Mario Rodríguez la sustituyó. En contenidos también se han producido relevos y reorganizaciones.
Los cambios no son necesariamente negativos. Una compañía inmóvil puede ser mucho peor.
Pero la estabilidad importa cuando una empresa intenta reconstruir una identidad.
Resulta difícil reclamar paciencia para los programas si quienes definen la estrategia también cambian. Resulta complicado establecer una nueva cultura editorial cuando cada reorganización vuelve a modificar responsabilidades.
Y sobre todo resulta difícil creer en la enésima “nueva etapa” cuando las anteriores todavía están calientes.
Paradójicamente, Mediaset parece gestionar mejor la empresa que la televisión
Aquí está la parte más interesante de toda esta historia.
MFE no es una empresa económicamente descontrolada. De hecho, sus últimos resultados demuestran exactamente lo contrario.
Durante el primer trimestre de 2026, el grupo aumentó su EBIT comparable un 66,9%, desde 6,3 hasta 10,6 millones de euros. La disciplina de costes está funcionando.
Sin embargo, los ingresos publicitarios netos en España descendieron un 3,4%, de 160 a 154,6 millones.
Es una paradoja estupenda.
Mediaset parece saber recortar, integrar, digitalizar, vender publicidad y construir una compañía audiovisual paneuropea.
Lo que parece costarle bastante más es hacer una televisión española que crezca.
Mediaset Infinity es un buen ejemplo. Tecnológicamente supone una mejora lógica respecto a Mitele. La compañía ha desarrollado nuevas soluciones publicitarias, personalización y una infraestructura más moderna. Publiespaña habla de integración europea, inteligencia artificial, televisión conectada y nuevas formas de monetización.
Todo eso puede ser excelente.
Ningún algoritmo publicitario resuelve una parrilla mediocre.
La mala televisión no consiste en emitir realities
También conviene evitar la superioridad cultural barata.
Mediaset no está en problemas porque emita Supervivientes, Gran Hermano o corazón. Sería ridículo afirmarlo cuando esos mismos géneros ayudaron a convertir Telecinco en líder durante décadas.
La televisión popular puede estar extraordinariamente bien hecha.
La televisión mala aparece cuando no sabe por qué hace lo que hace.
Cuando recupera una marca porque no encuentra otra.
Cuando compra una personalidad porque ha dejado de fabricarlas.
Cuando cambia una tarde cada pocos meses.
Cuando un formato sirve de parche hasta que aparece el siguiente parche.
Cuando el éxito consiste en sobrevivir una temporada en lugar de construir la siguiente.
El reciente movimiento para incorporar a Josep Pedrerol y trasladar su ecosistema deportivo a Mediaset es inteligente, pero también revelador. El grupo busca una marca completamente formada fuera de casa, con personalidad, comunidad y notoriedad propias.
Mediaset siempre ha fichado talento.
La diferencia es que antes también lo fabricaba.
La verdadera crisis de Mediaset es haber dejado de saber qué quiere ser
Mediaset dispone de dinero, experiencia, estudios, frecuencias, productoras, distribución, tecnología, publicidad, una plataforma digital y algunas de las marcas televisivas más conocidas de España.
No le faltan herramientas.
Le falta algo aparentemente mucho más sencillo: una idea reconocible de sí misma.
Antena 3 sabe qué televisión quiere hacer. Cuatro, curiosamente, empieza a saberlo otra vez. RTVE está reconstruyendo una propuesta reconocible en varias franjas.
Mediaset lleva demasiado tiempo reaccionando.
Al dato de ayer. Al fracaso del último estreno. Al éxito del rival. Al agujero de la tarde. A la siguiente temporada.
Eso es precisamente una deriva: moverse muchísimo sin que termine de quedar claro hacia dónde.
Y ahí está la parte verdaderamente demoledora.
Mediaset no parece una compañía paralizada. Parece una compañía extraordinariamente ocupada que lleva años avanzando en círculos.



