
La imagen dio la vuelta al mundo en cuestión de minutos. Nicolás Maduro detenido, aparentemente sereno, incluso con gesto desafiante. Para muchos, la escena simbolizaba el principio del fin del régimen venezolano. Para otros, en cambio, abría una pregunta mucho más incómoda: ¿y si no fue capturado por sorpresa, sino entregado tras una negociación previa?
Esa hipótesis, que hace solo unos días parecía una conjetura marginal, cobra cada vez más fuerza entre analistas y observadores del tablero político latinoamericano. Uno de ellos es Alfredo Keller, consultor político venezolano y una de las voces más escuchadas dentro y fuera del país, quien advierte que la detención de Maduro no implica necesariamente un cambio real de poder en Venezuela.
La primera clave para entender el escenario actual es asumir una realidad incómoda: Maduro nunca gobernó solo. Su figura era visible, pero el control efectivo del país se ha sostenido durante años sobre una estructura compleja de poder militar, económico y civil que permanece intacta.
Desde esta perspectiva, la captura del mandatario sería solo la extracción de una pieza, no el desmontaje del tablero. El chavismo, como sistema, sigue operando.
A diferencia de lo ocurrido en 1958 con la caída de Marcos Pérez Jiménez, cuando la presión popular desbordó las calles, hoy Venezuela permanece paralizada. Caracas luce vacía, con comercios cerrados y ciudadanos resguardados en sus hogares. No hay celebraciones masivas ni estallidos de júbilo.
La lectura popular es clara y cruda: el chavismo aún tiene las armas.
En este contexto irrumpe con fuerza la figura de Donald Trump, cuya actuación ha generado más interrogantes que certezas. Sus declaraciones, lejos de transmitir un plan de reconstrucción democrática para Venezuela, parecen diseñadas para su electorado interno.
Trump ha hablado incluso de una posible “segunda oleada” si no hay avances. Para Keller, ese mensaje no es improvisado. Responde a una lógica de poder clásica: descabezar al régimen no basta si el resto de la estructura permanece operativa.
Desde Washington, la captura del “jefe del cartel” podría considerarse una misión cumplida. Para el venezolano común, en cambio, el proceso solo estaría completo cuando un liderazgo opositor legítimo asuma el poder.
Uno de los momentos más duros para la oposición llegó cuando Trump descartó públicamente a María Corina Machado como figura central de la transición. Para buena parte de la población, ella representa el liderazgo político real del proceso de cambio.
El mensaje fue devastador. No solo por lo que dijo, sino por lo que insinuó: Estados Unidos no negociará con símbolos, sino con quienes detentan el poder de facto.
Y ese poder, hoy, no está en manos de la oposición.
En la nueva fase que se abre tras la caída de Maduro, hay tres figuras que concentran todas las miradas:
La exclusión de la oposición de este núcleo duro marca un punto de inflexión doloroso. El mensaje implícito es que cualquier transición pasará, inevitablemente, por el chavismo.
Entre todos los actores, Delcy Rodríguez emerge como la figura más probable para una negociación. No por legitimidad democrática, sino por una razón mucho más simple y cruda: control real del poder.
Desde hace meses circulaban versiones sobre una transición canalizada a través de ella, lo que refuerza la idea de que la salida de Maduro no fue improvisada.
Aquí aparece la hipótesis clave: una negociación en dos fases. Primero, la entrega de Maduro. Segundo, una interlocución con Delcy como garante de estabilidad y continuidad controlada.
Para Estados Unidos, el cálculo sería pragmático. Para el chavismo, una forma de ganar tiempo, preservar cuotas de poder y evitar un colapso violento.
Las imágenes del arresto alimentan las sospechas. Maduro no aparece abatido ni descompuesto. Al contrario, transmite calma, incluso cierta sensación de haber obtenido algo a cambio.
Analistas señalan varios elementos llamativos:
Todo encaja con un escenario de entrega negociada, posiblemente acompañada de garantías personales, beneficios judiciales o incluso un futuro traslado a un tercer país.
No sería la primera vez que un líder autoritario pacta su salida para salvarse a sí mismo.
Si hay una figura imprescindible en cualquier acuerdo, esa es Padrino López. Controla las Fuerzas Armadas y mantiene contactos históricos con Estados Unidos.
El posible pacto sería simple en su lógica: estabilidad militar a cambio de impunidad o seguridad personal. Sin embargo, el problema venezolano va más allá del ejército regular.
El país está atravesado por estructuras paramilitares, guerrillas extranjeras y redes criminales que no responden necesariamente a una cadena de mando formal. Ese es el escenario que Washington quiere evitar a toda costa.
De ahí que la opción de una transición “desde dentro del chavismo” resulte, para Estados Unidos, menos costosa que una ocupación directa.
Mientras las élites negocian, la población espera. No hay protestas masivas ni estallidos de violencia, pero tampoco esperanza visible.
Venezuela vive una especie de standby colectivo. Todos saben que algo ha cambiado, pero nadie tiene claro hacia dónde se dirige el país.
La oposición se siente vulnerable. Carece de fuerza en la calle y teme una reacción violenta si se moviliza sin respaldo claro.
La crisis venezolana también tiene una lectura regional. En los últimos años, América Latina ha girado hacia la derecha, en parte como reacción al fracaso del modelo venezolano.
En este contexto, China observa con cautela. Sus inversiones millonarias en Venezuela, Brasil y Perú la convierten en un actor relevante, aunque limitado. La demostración de fuerza de Estados Unidos envía un mensaje claro a Pekín, especialmente en relación con Taiwán.
Rusia, Irán y Cuba, en cambio, juegan un papel marginal en este momento.
Finalmente, queda Diosdado Cabello, quizá el personaje más temido dentro del chavismo. Controla buena parte del entramado interno, aunque no sea prioritario para Washington.
Es el músculo del régimen, el garante de la intimidación y la violencia. Su futuro es una incógnita, pero nadie duda de que seguirá siendo un factor de inestabilidad.
La caída de Maduro no es el final del chavismo, sino el cierre de una etapa. Todo apunta a que su salida fue más pactada que forzada, diseñada para evitar un escenario de guerra abierta.
Para los venezolanos, la sensación dominante no es la victoria, sino la incertidumbre. El poder sigue donde siempre estuvo, y la transición, si llega, no será limpia ni inmediata.
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