Hay programas de televisión que, tras años de éxito, empiezan inevitablemente a parecerse a esos restaurantes antiguos que conservan en la entrada fotografías amarillentas de los famosos que cenaron allí en 1998: uno entra por respeto a lo que fueron, por cariño a lo que representan y, quizá, porque nadie se ha atrevido todavía a comunicarles que el tiempo ha seguido avanzando (si no, miremos algunos programas de la televisión americana).
El Hormiguero pertenece a una especie distinta.
Ayer comenzó su temporada número 21 y lo hizo con esa extraña mezcla de seguridad y hambre que sólo conservan quienes, después de haberlo ganado prácticamente todo, continúan comportándose como si alguien pudiera quitarles el sitio mañana por la mañana. No parecía el regreso de un programa que lleva dos décadas instalado en la parte alta de la televisión española, sino el estreno de uno que todavía necesita convencer a la cadena de que merece una segunda temporada.
Ahí reside buena parte del secreto.
Porque lo verdaderamente difícil en televisión no solo es tener una buena idea y triunfar con ella, sino también no acomodarse y perder el hambre por mejorar cada día.
Y El Hormiguero, veintiún temporadas después, parece tener más ganas que nunca por superarse.
La televisión que todavía quiere sorprender
El comienzo de temporada fue una exhibición bastante elocuente de esa filosofía. Pablo Motos presentó la inteligencia artificial como uno de los grandes acontecimientos que van a transformar nuestra sociedad y anunció la intención del programa de dedicar tiempo durante el curso a explicarla, explorar sus posibilidades y advertir también de sus riesgos.
La elección es inteligente por una razón que va mucho más allá de incorporar un asunto de moda. La inteligencia artificial ha pasado en apenas unos años de ser una conversación confinada a ingenieros y laboratorios a convertirse en algo que amenaza con modificar el empleo, la educación, la creación, las empresas, la política, los medios y hasta nuestra relación con la verdad. Ante semejante transformación existen dos posibilidades: explicarla o esperar tranquilamente a que millones de personas descubran lo que ocurre cuando ya les haya ocurrido.
El Hormiguero ha elegido explicarla.
Y, siendo El Hormiguero, decidió hacerlo mientras unos robots recorrían la calle Alcalá hasta llegar al plató.
Es difícil imaginar una síntesis mejor de lo que este programa lleva haciendo desde hace años: tomar un asunto que podría presentarse mediante una conferencia tediosa, convertirlo en espectáculo y confiar en que entretenimiento y conocimiento no son enemigos naturales, por mucho que determinada solemnidad cultural española lleve décadas intentando convencernos de lo contrario.
Existe todavía una curiosa superstición según la cual una idea sólo puede ser seria si viene acompañada de un señor hablando despacio, una iluminación discreta y cierta expresión facial de seriedad. Si, además, alguien se divierte, empiezan las sospechas.
El Hormiguero entendió hace mucho tiempo que la ciencia no pierde rigor porque haya una explosión en el plató, del mismo modo que una explicación no se vuelve más inteligente por resultar insoportable.
Ese descubrimiento, sorprendentemente, sigue siendo bastante revolucionario.
Bienvenidos a la temporada 21 con el futuro #AlsinaLatorreEH pic.twitter.com/pKk1wzZVHv
— El Hormiguero (@El_Hormiguero) September 7, 2026
La política sin algodón
El programa tampoco regresó con demasiadas ganas de caminar sobre algodones en materia política.
Pablo Motos abordó con enorme dureza la situación de Ceuta y la actuación del Gobierno de Pedro Sánchez, hasta el punto de reclamar elecciones. Se podrá compartir su conclusión o discutirla, como debe ocurrir con cualquier opinión política pronunciada en un medio de comunicación, pero hubo algo mucho más relevante que el tono de la crítica: el programa decidió sostenerla mostrando declaraciones y contradicciones de miembros del propio Gobierno.
Y ahí cambia considerablemente la naturaleza de la discusión.
Porque cuando alguien acusa a un político de contradecirse, la forma más eficaz de demostrarlo no consiste en elevar tres decibelios la voz ni en contratar a seis tertulianos para que se interrumpan durante veinte minutos. Basta, en ocasiones, con colocar una declaración detrás de otra y permitir que la hemeroteca haga aquello para lo que fue inventada: recordar lo que algunos preferirían que olvidásemos.
Las hemerotecas tienen una pésima relación con el poder porque padecen una incorregible falta de diplomacia. Guardan las frases.
Después llegó Carlos Latre convertido en Pedro Sánchez y la crítica pasó al territorio donde tantas veces resulta más eficaz: la comedia.
Latre posee un talento excepcional que consiste no solamente en reproducir voces, sino en localizar aquello que hace reconocible a un personaje y deformarlo exactamente hasta el punto en el que sigue siendo él mismo, aunque ya resulte imposible mirarlo de la misma manera. Una buena imitación no es una fotocopia; es una interpretación, casi una pequeña pieza de crítica.
Y entre Latre y Motos existe además una química que permite que el disparate no se quede únicamente en disparate. Uno se ríe, pero detrás de la risa queda una idea. Esa ha sido siempre una de las funciones más nobles de la comedia política, desde mucho antes de que existieran platós, audímetros y departamentos de comunicación dedicados profesionalmente a indignarse por ella.
Carlos Latre y una conversación que la televisión necesitaba
Sin embargo, el momento más interesante de la presencia de Latre quizá no estuvo en ninguna imitación, sino precisamente cuando dejó de interpretar personajes y habló como él mismo.
Su marcha a Telecinco para presentar Babylon Show, compitiendo directamente contra El Hormiguero, había generado durante meses ese relato que tanto gusta a la industria televisiva porque permite transformar una decisión profesional en una guerra dinástica. Había traición, rivalidad, competencia, antiguas amistades y suficientes ingredientes como para alimentar titulares durante semanas.
Ayer, Motos y Latre hicieron algo bastante menos espectacular y bastante más interesante: hablaron.
Explicaron cómo habían vivido aquella situación, cómo entendieron la decisión profesional y cómo fueron capaces de separar la competencia laboral de su relación personal. Latre tenía una oportunidad y quiso aprovecharla. Motos entendió que a partir de ese momento competirían. El proyecto de Telecinco salió mal y, pasado el tiempo, Latre ha regresado.
No parece una historia especialmente revolucionaria hasta que uno recuerda la extraordinaria dificultad que tiene el mundo actual para aceptar que dos personas puedan competir sin odiarse.
Vivimos en una cultura que necesita convertir cualquier diferencia en una identidad y cualquier rivalidad profesional en una guerra moral. Si alguien se marcha, ha traicionado y si fracasa, debe desaparecer decorosamente para no incomodar la narrativa de quienes permanecieron.
La conversación entre Motos y Latre mostró algo mucho más adulto: uno puede querer vencer a alguien sin desear destruirlo y puede comprender que los afectos pertenecen a un territorio y los contratos a otro.
Parece una obviedad, pero, por desgracia, en la sociedad en la que vivimos, no lo es.

El oficio oculto detrás del espectáculo
La noche tuvo además a Carlos Alsina y Rafa Latorre, ciencia, humor, actualidad, tecnología y la tradicional película con la que El Hormiguero inaugura sus temporadas, ese pequeño disparate de producción en el que cada año aparecen algunas de las mayores estrellas que han pasado por el programa y que probablemente exige detrás de las cámaras una cantidad de trabajo inversamente proporcional a la facilidad con la que después se consume desde el sofá.
Y ése es otro de los grandes méritos del programa que quizá se aprecia menos precisamente porque funciona.
La buena televisión es una gigantesca maquinaria dedicada a ocultar el esfuerzo que requiere hacer buena televisión.
El espectador ve unos minutos de película, no las semanas de producción. Ve a unos robots entrar en un plató y quizá no piensa en las decenas de personas necesarias para conseguir que los robots entren exactamente cuando deben entrar y, detalle nada menor, no decidan desarrollar conciencia propia junto a la mesa de Pablo Motos.
El entretenimiento tiene esa injusticia: cuando está bien hecho parece fácil.
Cuando está mal hecho, en cambio, cada minuto dura exactamente un minuto.
El Hormiguero ha conseguido durante años una combinación extremadamente difícil de reproducir: entrevista, comedia, divulgación científica, espectáculo, actualidad, invitados internacionales, juegos, música, tecnología y grandes números de producción dentro de un formato que conserva una identidad perfectamente reconocible.
Otros programas poseen algunas de esas piezas. Muy pocos consiguen ensamblarlas de una manera semejante.
El extraño mérito de seguir teniendo hambre
Se puede discutir, naturalmente, si El Hormiguero es el mejor programa de la historia de la televisión española. Estas clasificaciones pertenecen a ese territorio maravilloso donde nadie puede demostrar absolutamente nada y, precisamente por eso, todo el mundo está dispuesto a discutir durante horas.
Yo creo que ocupa ese lugar. Es más, creo que puedo afirmar que es, sin ninguna duda, uno de los mejores formatos del mundo.
No simplemente por sus audiencias, aunque doce temporadas consecutivas liderando su franja no sean precisamente una anécdota. Tampoco únicamente por la lista extraordinaria de personalidades internacionales que han pasado por su mesa, por su capacidad de producción o por la influencia que ha terminado teniendo el formato.
Lo creo porque representa como pocos una idea del entretenimiento que demasiada televisión parece haber olvidado: el público merece que uno se esfuerce.
Merece que alguien piense cómo sorprenderlo después de veinte años. Merece que la ciencia se prepare bien. Que una entrevista tenga trabajo detrás. Que el humor esté escrito. Que el espectáculo aspire a algo más que ocupar el tiempo que queda entre dos bloques publicitarios.
Entretener bien no es una actividad menor. Es una forma extraordinariamente sofisticada de respeto.
Consiste en pedirle a millones de personas una hora de su vida y asumir que, puesto que no tienen ninguna obligación de concedértela, más vale haber preparado algo a cambio.
El Hormiguero lleva veintiún temporadas haciendo esa petición cada noche.
Quizá lo más admirable del estreno de ayer sea que, después de todo este tiempo, sigue comportándose como si la respuesta pudiera ser que no.
Ahí están los robots, la inteligencia artificial, la sátira política, Latre regresando a casa, las entrevistas, la ciencia, la película y una producción que continúa intentando encontrar una vuelta más a algo que ya funcionaba perfectamente.
Muchos programas sobreviven durante años porque descubren una fórmula y se dedican con disciplina a protegerla.
El Hormiguero ha llegado a su temporada número 21 haciendo algo bastante más difícil: descubrió una fórmula y nunca terminó de fiarse de que fuera suficiente.



