InicioProgramasConan O´Brien y la enorme seriedad de hacer el idiota

Conan O´Brien y la enorme seriedad de hacer el idiota

Conan O'Brien demuestra que hacer reír no es un arte menor: exige talento, oficio y trabajo. Una defensa del entretenimiento bien hecho y de la comedia.

Hay pocas cosas más difíciles que hacer el idiota con precisión.

El idiota amateur se limita a hacer el idiota. El profesional sabe exactamente cuánto tiempo debe hacerlo, cuándo detenerse, a quién mirar, qué palabra sobra, dónde colocar el silencio y en qué momento conviene humillarse para que otra persona resulte divertida. Desde fuera, naturalmente, parece fácil. También parece fácil tocar el piano cuando lo hace alguien que sabe.

Publicidad

Conan O’Brien lleva décadas dedicándose a esa clase de precisión.

El 21 de agosto vuelve a HBO Max con la tercera temporada de Conan O’Brien Must Go, el programa en el que viaja por el mundo para encontrarse con personas a las que conoció previamente a través de su podcast y hacer algo que, contado así, parece sencillo: hablar con ellas, conocer sus países y provocar situaciones cómicas.

Publicidad

Luego uno lo ve y entiende que no lo es en absoluto.

Los americanos y esa irritante costumbre de saber entretener

Confieso tener desde hace tiempo una debilidad bastante seria por la comedia estadounidense. Por sus sitcoms, por sus late shows, por esa mezcla tan suya de inteligencia y estupidez perfectamente coreografiada. Los americanos tienen muchos defectos, algunos de ellos disponibles en formato de franquicia, pero existe algo que hacen extraordinariamente bien: entretenimiento.

Pueden convertir prácticamente cualquier cosa en espectáculo. Un juicio. Un concurso de tartas. Una reforma doméstica. Un hombre comprando un trastero abandonado. Si mañana descubren una isla habitada exclusivamente por contables, antes del viernes habrá tres temporadas, un spin-off, una polémica racial y un especial de reunión presentado por Jimmy Fallon.

A veces esa maquinaria produce basura industrial, pero cuando funciona, funciona de una manera difícil de igualar.

Hay detrás una tradición formidable de escritores, actores, productores, presentadores y cómicos que han entendido algo que seguimos tratando con una condescendencia extraña: entretener bien es dificilísimo.

Y Conan O’Brien es uno de los mejores representantes de esa escuela.

Llevo tiempo siguiéndolo principalmente a través de YouTube. Fragmentos de sus late shows, entrevistas, viajes, encuentros absurdos con empleados, ciudadanos anónimos y gente que tuvo la mala suerte de encontrárselo trabajando. Después llegó Conan O’Brien Needs a Friend, donde mantiene esa capacidad suya de convertir una conversación aparentemente normal en algo imprevisible. El podcast sigue publicándose dentro de Team Coco y es también el origen de muchos de los encuentros con fans que después alimentan Conan O’Brien Must Go.

Y cuanto más lo veo, más respeto me produce.

No porque todos sus chistes funcionen. Eso sería imposible.

Sino porque se percibe el oficio.

El secreto es estar dispuesto a perder

Hay una cualidad de Conan que explica buena parte de su talento: tiene una relación bastante saludable con su propia dignidad.

Está dispuesto a perderla.

En televisión eso resulta sorprendentemente raro.

La mayoría de los presentadores quieren parecer inteligentes, interesantes, carismáticos, atractivos. Conan lleva buena parte de su carrera intentando que la persona que tiene delante encuentre la manera más eficaz de ridiculizarlo.

Viaja a otro país y no adopta la posición del hombre occidental que llega dispuesto a descubrir una cultura milenaria en cuarenta y ocho horas y explicársela después a sus propios habitantes.

Conan llega y pone su ignorancia encima de la mesa. Es mucho más útil.

Una cantidad preocupante de programas de viajes consiste en observar a un famoso comer algo desconocido, asentir lentamente y decir que aquello le ha enseñado mucho sobre la vida.

A Conan, por fortuna, la gastronomía local no suele conducirlo a una epifanía. Conduce al desastre.

Ahí está buena parte de la brillantez de Conan O’Brien Must Go. HBO describe el programa precisamente alrededor de sus encuentros con culturas locales y con seguidores conocidos previamente a través del podcast. Pero la diferencia fundamental está en cómo entra él en esas escenas. No trata a quienes aparecen como figurantes contratados para demostrar que el presentador ha viajado.

Les entrega la comedia.

Provoca. Escucha. Exagera. Se burla de ellos. Permite que se burlen de él. Y consigue algo extremadamente difícil cuando hay cámaras, dinero, producción y una estrella mundial en mitad de la escena: que durante unos minutos parezca que simplemente hay dos personas divirtiéndose.

Parece natural. Esa es probablemente la mayor trampa del oficio.

El prejuicio contra quien nos hace reír

La comedia tiene un problema reputacional bastante curioso. Como hace reír, parece menos importante.

Si un actor permanece siete minutos mirando por una ventana mientras llueve, sospechamos inmediatamente que estamos ante arte. Si otro entra en una habitación, tropieza en el momento exacto y consigue que se rían diez millones de personas, pensamos que tiene gracia.

Debe de ser agradable tener gracia.

Hay profesiones a las que culturalmente concedemos automáticamente una solemnidad casi notarial. El cómico, mientras tanto, tiene que salir ahí fuera y hacer reír. Cada noche. A ver qué tal.

Me cuesta imaginar muchas disciplinas artísticas más despiadadas.

Un escritor puede escribir una página mediocre y esconderla entre otras trescientas. Un pintor puede explicar que no lo hemos entendido. Un director siempre tiene la posibilidad de culpar al montaje.

El cómico cuenta el chiste. Y después ocurre una cosa o la otra.

La democracia podrá estar en crisis, las instituciones podrán tambalearse y la verdad se habrá convertido en una actividad extracurricular, pero una sala que no se ríe conserva una honestidad admirable.

No hay comité de expertos que pueda salvarte.

El trabajo necesario para que parezca que no hay trabajo

Cuanto mejor está hecho el entretenimiento, menos trabajo parece haber detrás. Esa es otra injusticia.

Vemos a Conan entrar en una tienda, empezar una conversación con alguien, detectar una rareza y construir sobre ella cinco minutos de comedia. Parece que simplemente ha ocurrido.

Claro.

También parece que Roger Federer sólo estaba pasando una pelota por encima de una red.

La espontaneidad profesional exige preparación, experiencia, escritura, edición, producción, velocidad mental y una comprensión casi física del ritmo. Team Coco ha dedicado incluso conversaciones con los propios guionistas y productores de Conan O’Brien Must Go a explicar la fabricación del programa y la enorme cantidad de decisiones que existen detrás de unos viajes diseñados precisamente para conservar espacio para lo inesperado.

Ahí está la paradoja.

Hay que trabajar muchísimo para conseguir que el público no vea el trabajo. Y Conan hace algo todavía más complicado: después de tantos años, continúa dando juego.

Eso vale una barbaridad.

Cuanto mejor está hecho el entretenimiento, menos trabajo parece haber detrás.

Reír no es escapar

Nunca me ha convencido demasiado la idea de que necesitamos entretenimiento para escapar de nuestros problemas. Los problemas tienen la desagradable costumbre de esperar.

Puedes ver cuatro episodios de una sitcom y la hipoteca seguirá ahí con la misma serenidad de un funcionario que sabe que acaba su turno a las tres.

Hay que enfrentarse a la realidad.

Pero una cosa es enfrentarse a la realidad y otra vivir permanentemente interrogándola bajo una lámpara.

El entretenimiento no tiene por qué ayudarnos a escapar de la vida. Puede hacer algo bastante más noble: ayudarnos a regresar a ella en mejores condiciones.

Una buena película, una sitcom, una canción, un monólogo.

Cuarenta minutos viendo a Conan hacer el ridículo en un país extranjero.

No solucionan nada.

Y ésa puede ser precisamente parte de su valor.

Vivimos rodeados de gente ansiosa por solucionarnos la existencia. Hay un experto para nuestro sueño, otro para nuestra glucosa, otro para nuestras finanzas, otro para nuestras relaciones y probablemente alguno dispuesto a explicarnos que estamos respirando de forma poco eficiente.

A veces agradecería que nadie optimizara nada. Que alguien simplemente me hiciera reír.

El entretenimiento no tiene por qué ayudarnos a escapar de la vida. Puede hacer algo bastante más noble: ayudarnos a regresar a ella en mejores condiciones.

Una cosa muy seria

No conozco personalmente a Conan O’Brien y no tengo ninguna intención de convertir la impresión televisiva en un certificado de buena conducta. Puede ser encantador. Puede ser insoportable. Puede robar toallas de los hoteles. No tengo la menor idea.

Lo que sí puedo juzgar es el trabajo.

Y ahí mi opinión es bastante contundente. Es extraordinariamente bueno.

Tiene talento, oficio, rapidez, capacidad para escuchar y, quizá lo más importante en alguien que lleva tantos años siendo la persona famosa de la habitación, una enorme disposición a permitir que los demás sean graciosos.

Eso merece respeto. Mucho.

Porque existe algo ligeramente absurdo en una sociedad que consume cantidades industriales de entretenimiento y después mira por encima del hombro a quienes saben fabricarlo. Llegamos cansados a casa, ponemos una serie, un programa, un podcast o un monólogo, dejamos que alguien nos mejore una hora de nuestra vida y al día siguiente volvemos a hablar de la comedia como si fuera una afición particularmente sofisticada para adultos que no quisieron opositar.

No lo es. Es un oficio.

Por eso la nueva temporada de Conan O’Brien Must Go es una magnífica excusa para reivindicar no sólo a Conan, sino algo bastante más amplio: la dignidad del buen entretenimiento.

No se la pierdan. No les cambiará la vida.

Gracias a Dios. Últimamente todo quiere cambiarnos la vida.

Con que consiga hacerla durante un rato bastante más divertida ya habrá cumplido una función que muchos productos culturales infinitamente más solemnes ni siquiera rozan.

Hay civilizaciones que demuestran su sofisticación por los edificios que levantan, los libros que escriben o las ideas que producen. Y hay momentos en los que también conviene juzgarlas por la calidad de sus tonterías.

Los estadounidenses llevan décadas tomándose muy en serio las suyas. Conan O’Brien también.

Por eso sabe hacer el idiota tan extraordinariamente bien.

Ricardo Ducazcal Adiego
Ricardo Ducazcal Adiego
Ricardo Ducazcal es el editor y fundador de ActualTV, que fundó en 2018. Cubre la actualidad de la industria audiovisual y cultural con un enfoque editorial que combina la dimensión empresarial del entretenimiento (estrategias, movimientos corporativos y modelos de negocio) con su impacto creativo y cultural. Su trabajo se centra en ofrecer contexto, análisis y criterio propio sobre las tendencias que marcan el presente y el futuro del sector.
Publicidad

Artículos recientes