La Séptima y el negocio de los amigotes

Hay favores que ya no necesitan sobre. Por lo visto basta una licencia. Queda más limpio, más técnico, más institucional. Uno no llama a un amigo para decirle “te voy a poner una televisión”; convoca un concurso, publica una resolución, habla de pluralismo, menciona el futuro del audiovisual y deja que el BOE haga su trabajo, que consiste en convertir decisiones políticas en frases donde nadie parece responsable de nada.

Así nace La Séptima, el nuevo canal nacional de TDT que llegará en noviembre. No como respuesta a una demanda social evidente (España no parecía al borde de una revuelta por falta de tertulias), sino como uno de esos movimientos que el poder presenta como un trámite técnico y que, vistos de cerca, tienen demasiada biografía.

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La historia oficial es sencilla. El Gobierno adjudicó a Servicios Integrados Entretenimiento Televisivo, SL, conocida como SIETE, una licencia nacional en abierto para explotar un canal dentro del múltiple digital MPE5. Lo cuenta el BOE con esa prosa admirable capaz de transformar cualquier cosa discutible en una caminata por el pasillo de un ministerio.

Todo está en orden. Qué frase tan inquietante.

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Una licencia no es una ocurrencia

Una licencia nacional de TDT no es abrir una cuenta en YouTube ni poner dos micrófonos sobre una mesa de madera para hacer un podcast. Una licencia de televisión es un recurso escaso. Es cobertura, posición, mercado, prestigio y capacidad de influencia. Quien recibe una frecuencia no recibe solo una señal. Recibe una posición de dominio frente a otros medios de comunicación.

Y en comunicación, tener sitio sigue importando bastante.

La televisión ya no concentra el poder que concentraba antes. No hace falta enterrarla para entenderlo. Sigue siendo negocio, sigue vendiendo publicidad, sigue reuniendo audiencias y sigue teniendo una autoridad simbólica que muchos proyectos digitales intentan imitar. Pero ha perdido el monopolio. Ahora la atención vive repartida entre plataformas, redes, podcasts, newsletters, vídeos verticales y ese pequeño casino emocional que todos llevamos en el bolsillo.

Por eso resulta tan curioso que, justo cuando la televisión tradicional pierde centralidad y el consumo se fragmenta, el Gobierno descubra que España necesitaba otra cadena nacional en abierto.

Qué oportunidad tan puntual.

Los amigotes también vienen con memoria técnica

La adjudicataria no es un operador veterano con décadas de parrilla, equipos, ventas, anunciantes y cicatrices televisivas. Es una sociedad nueva, administrada por Andrés Varela Entrecanales y otros empresarios vinculados al Grupo Prisa agrupados en torno a Global Alconaba. La nota oficial del Gobierno habla de una licencia de 15 años renovables. Al concurso también se presentó Mediaset España, que puede gustar más o menos, estar mejor o peor, pero es un operador consolidado. Tiene estructura y tiene mercado.

No hace falta defender a Mediaset para hacerse la pregunta.

Basta con mirar la escena.

El Gobierno abre una nueva licencia nacional de televisión y la gana una sociedad recién creada, vinculada a quienes fueron accionistas del Grupo Prisa y asesorada estratégicamente por José Miguel Contreras, figura esencial en la historia de Globomedia y La Sexta. La versión oficial hablará de pluralismo, competencia e innovación. La versión menos perfumada hablará de los amigotes.

Y “amigotes” no es una categoría jurídica, claro. No aparece en los pliegos. Nadie escribe “proximidad al ecosistema gubernamental: 8,5 puntos”. Sería demasiado grosero, incluso para esta época. Las cosas ahora se hacen mejor. Los amigotes modernos entran por concurso público, con memoria técnica, asesoría estratégica, promesa de diversidad y una nota sobre el futuro del audiovisual.

Todo más limpio y elegante e, igualmente, lamentable.

El negocio de abrir una televisión ahora

La parte empresarial merece algo más que una mueca. Una cadena nacional en abierto puede seguir siendo rentable, por supuesto. La TDT conserva cobertura, acceso gratuito y una legitimidad que muchos soportes digitales todavía persiguen. Pero que pueda ser negocio no significa que este negocio sea tan evidente como lo pintan.

La Séptima quiere competir con Cuatro y La Sexta, dirigirse a un público urbano y comercial, apostar por actualidad y nuevos formatos, invertir entre 20 y 25 millones de euros en tres años, alcanzar 40 millones de facturación en 2029 y llegar a la rentabilidad en 2030.

Sobre el papel, todo funciona. Los costes obedecen, los anunciantes sonríen, la audiencia llega y la curva de ingresos sube. Luego aparece la realidad, siempre tan poco colaborativa.

Y la realidad dice que abrir hoy una televisión nacional de actualidad exige algo más que fe. Según datos de Barlovento recogidos por Europa Press, el consumo de televisión tradicional en España cayó en 2025 hasta los 162 minutos diarios por persona, nueve menos que el año anterior. No es el fin de la televisión. Es un cambio de jerarquía.

La publicidad tampoco invita a organizar una fiesta. Según datos de InfoAdex, la inversión publicitaria en televisión cayó un 4,4% en 2025, hasta los 1.784 millones de euros. En las televisiones nacionales en abierto, el descenso fue del 9,4%, hasta 1.348,9 millones.

Mientras tanto, el dinero se mueve hacia otros territorios. No porque internet sea siempre más inteligente, que a menudo es televisión mala con peor educación, sino porque el dinero suele tener buen olfato para detectar dónde se está yendo la atención.

La rentabilidad que no sale en el Excel

Así que la pregunta es inevitable: ¿qué hueco viene a ocupar exactamente La Séptima? ¿Qué público espera conquistar? ¿Qué anunciantes van a financiar esa ambición? ¿Qué costes reales tendrá competir en actualidad, directo, producción propia y rostros reconocibles?

Abrir una cadena puede ser un buen negocio.

Abrir esta cadena, así, ahora, con esta estructura y estas expectativas, exige una explicación algo más trabajada que “había una licencia libre”.

Quizá ahí esté la clave. Quizá La Séptima no deba entenderse solo como un negocio televisivo. Quizá, antes de ser rentable económicamente, ya sea rentable en otro sentido.

Presencia. Influencia. Colocación. Ecosistema. Relato.

Para un Gobierno, una televisión no es un capricho. Es una autopista suave hacia el control. Un lugar donde ciertas voces encuentran silla, donde algunos marcos circulan mejor y donde la realidad puede llegar al espectador un poco más peinada.

No hace falta imaginar órdenes directas ni conspiraciones de madrugada. La propaganda a día de hoy rara vez se presenta con gabardina. Funciona de forma más cómoda: afinidades, silencios, prioridades, invitados, alarmas selectivas, comprensión generosa para los propios y severidad higiénica para los demás. Nadie necesita llamar todos los días si todos saben hacia dónde sopla el aire.

Una cadena nueva para una costumbre antigua

El problema no es que nazcan nuevos medios. Una democracia necesita más voces, más competencia y más proyectos capaces de romper inercias. El problema empieza cuando el pluralismo aparece con lista de invitados. Cuando una licencia pública termina rodeada de apellidos, afinidades y oportunidades políticas demasiado cómodas.

No molesta que pueda nacer una televisión con sensibilidad progresista. Cada cual puede hacer la televisión que quiera. Incluso esa televisión donde todos son muy plurales dentro de una coincidencia admirable. Lo que molesta es otra cosa: que el Estado reparta una frecuencia pública y el beneficiario encaje con tanta suavidad en el mapa de relaciones del poder.

Lo obsceno no es la ideología.

Es el método.

O dicho de forma: darle una antena a los amigotes y pedir encima que aplaudamos el pluralismo.

La Séptima aún no ha emitido. Puede haber buenos profesionales, buenas ideas y buenos programas. Puede que encuentre un espacio propio. Puede que haga televisión útil, entretenida, digna. Ojalá.

El problema no está en lo que La Séptima emita cuando encienda sus cámaras, sino en lo que ya cuenta antes de encenderlas. Hay proyectos que se entienden menos por su promesa que por las manos que los empujan a nacer.

España no necesitaba urgentemente otra televisión de actualidad. Necesitaba algo bastante más difícil: reglas limpias, distancia institucional, menos colonización partidista de los medios y la decencia mínima de no pedirnos entusiasmo cada vez que los amigotes encuentran una nueva forma de financiar su influencia.

La Séptima llegará en noviembre.

Ahora hay que ver si detrás de una nueva pantalla hay algo más que una vieja costumbre: la de acercar el poder a quienes ya estaban demasiado cerca.

Ricardo Ducazcal es el editor y fundador de ActualTV, que fundó en 2018. Cubre la actualidad de la industria audiovisual y cultural con un enfoque editorial que combina la dimensión empresarial del entretenimiento (estrategias, movimientos corporativos y modelos de negocio) con su impacto creativo y cultural. Su trabajo se centra en ofrecer contexto, análisis y criterio propio sobre las tendencias que marcan el presente y el futuro del sector.

Ricardo Ducazcal Adiego

Ricardo Ducazcal es el editor y fundador de ActualTV, que fundó en 2018. Cubre la actualidad de la industria audiovisual y cultural con un enfoque editorial que combina la dimensión empresarial del entretenimiento (estrategias, movimientos corporativos y modelos de negocio) con su impacto creativo y cultural. Su trabajo se centra en ofrecer contexto, análisis y criterio propio sobre las tendencias que marcan el presente y el futuro del sector.